FacebookFacebookTwitterTwitter

Teatro, novela, tiempo

Mariano Tenconi Blanco, dramaturgo y director La Fiera, Las Lágrimas y Todo tendría sentido si no existiera la muerte, entre otras obras, reflexiona en este ensayo sobre las relaciones entre el teatro, la novela y el tiempo.

lee

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En 2010 falleció mi abuela Lila. Ella me crió, y su ausencia es algo que todavía hoy, 8 años después, no logro aceptar. En ese momento, la ficción –como siempre– me ayudó a mejorar mi realidad. O si no mejorarla, al menos a hacerla menos amarga. ¿Qué ficciones? Leí todas las novelas que pude de una suerte de subgénero llamado “la muerte del padre”. En algunas sus hijos los recordaban con amor, en otras con odio, o con reclamos, o comprensión, o pena. Leí a Philip Roth, Paul Auster, Mauro Libertella, Franz Kafka, Aram Saroyan, Sharon Olds. Esas ficciones fueron para mí una compañía, un consuelo, un bálsamo. En 2013 comencé a escribir una obra sobre la muerte. Para nada autobiográfica, no puedo negar que la muerte de mi abuela amada fue el motor original. Quise, como una ofrenda, hacer mi obra sobre la muerte. El proceso de escritura fue inusual para mí. Hasta ese momento había estrenado unas cuatro obras, y ninguna superaba los 55 minutos. Esta vez, la escritura de la obra me llevó unos 8 meses, y al finalizar tenía un mamotreto de nada menos que 150 páginas. Pero siento que en este proceso, que partió del dolor (o de tratar de convertir al dolor en poesía) no solo hubo un cambio respecto del volumen del material.

Escribiendo Todo tendría sentido si no existiera la muerte encontré dos hipótesis en torno a las cuales sigue girando mi dramaturgia. La primera es la relación entre teatro y novela (más bien debería decir entre dramaturgia y novela, al menos en principio). Desde la escritura de Todo tendría sentido… cada proceso de escritura es, antes que nada, un proceso de lectura. Escribo para leer, leo para escribir. Y en esa línea, si bien leo poesía, ensayos, teatro, lo que más leo son novelas. Y en esa pasión por la novela, y sobre todo por narrar, encontré algunas hipótesis que considero valiosas en pos de expandir los límites sobre lo que puede ser teatro. Primeramente, la confianza en narrar. No solamente (o no tanto) por el valor de la historia en sí mismo, sino porque la narración me permitía desarrollar teatralidad. Por ejemplo: construcciones de personajes complejas, nunca basadas en factores psicológicos sino basadas en construcciones de lenguaje (como si cada personaje fuera un universo de lenguaje propio, con su estética y sus normas). O también desarrollar enorme cantidad de situaciones tremendamente teatrales, incluso escribir todas las situaciones que considerara teatrales y pensar luego como enlazarlas y como armar un todo verosímil. Eso por dar dos ejemplos. Un procedimiento es siempre una hipótesis sobre como narrar, dice Aira. Y creo que algo de eso hay, al menos para mí. Porque encontré en la novela, en la máquina de narrar, de construir personajes y darle muchas situaciones, en la forma de intensificar lo que se gesta en la obra, una gran posibilidad de expandir lo que el teatro ofrece: redoblando la apuesta en cuanto a lenguaje y situaciones desde el texto dejaba sembrada una enorme posibilidad para desarrollar profundos procesos de creación con los actores. Escribir pegado a la novela me permitía, me permitió, producir textos de gran teatralidad y que ofrecían enorme espacio a la actuación. Y a mí lo que más me gusta del teatro es la dramaturgia y la actuación.

La segunda es la operación sobre el tiempo. ¿Cuánto debe durar una obra? ¿Qué período de tiempo puede contar una obra? ¿Qué sucede cuando uno pasa muchas horas viviendo en la ficción? ¿A los actores y actrices? ¿A los espectadores? Una de las herramientas más poderosas del teatro es construir una alteración en la percepción que tenemos del tiempo. ¿Cuánto tiempo es 1 hora? Mi abuela murió hace 5 años. De a ratos siento que fue hace demasiado poco, de a ratos pienso que fue hace una eternidad. ¿Cuántos años viví con mi abuela? ¿Cuántos años viviré sin mi abuela? ¿Se me borrará alguna vez su rostro, su voz? Una obra de teatro puede alterar nuestra percepción del tiempo. Es un sueño maravilloso la idea de poder ver una vida. Ir al teatro y ver una vida, completa, con nacimientos, amores, corazones rotos, enfermedades, la muerte. Pero no es una vida, es ficción. Y la ficción intenta ordenar lo imposible de ordenar, que es la vida. Y también intenta manipular lo que es imposible manipular, que es el tiempo. Yo situé mi obra en los años 80, y cuando me preguntan trato de justificarlo en algunas cuestiones materiales. La protagonista, una maestra de pueblo llamada María, se entera que tendrá una enfermedad terminal y decide que quiere, como última voluntad, filmar una película pornográfica. En su aventura la ayudará la dueña de un videoclub. Una de las justificaciones que he dado siempre respecto del por qué la obra sucede a finales de los años 80 es que el porno podía ser fácilmente filmado en VHS, y todavía tenía mas valor que ahora, en internet y con el auge del porno casero. Otro es que son los inicios de la pornografía feminista, y la extraña película que filman los personajes sería, a la vez, una acción de pioneras. Pero lo cierto es que seguramente, además de cosas que podría justificar, yo puse a mi obra en los 80 porque en los 80 yo fui chico. Ya nunca mas voy a poder volver a estar en la casa de mis padres, jugando con mi hermano, con mi mamá y mi abuela conversando. Ya se fueron esos juegos, los australes, el perro Alfonso, las novelas de Luisa Kulliok, Brigada A, Matt Houston, El Auto Fantástico, la commodore 64, los cassettes TDK. Todo eso se fue. Pero como un viaje en el tiempo imposible, yo podía poner a mi obra en los 80, vestir a los actores con esa ropa, irme de nuevo a vivir ahí. Yo podía escribir una obra en donde mi abuela estuviera viva. Entonces las dos hipótesis que encontré cuando escribí Todo tendría sentido… fueron la idea de escribir teatro como si se tratara de una novela y la de generar todas las operaciones posibles sobre el tiempo.

Pero hay algo más. Por último, e indisociable a todo lo anterior, queda la idea de la muerte: todas las obras de teatro tratan de la muerte. No hay otro tema, nunca. En Beckett o en Ricardo Fort, todas las obras son sobre la muerte. Yo escribí esta obra porque no puedo parar el tiempo, y estar con mi abuela. La ficción es el antídoto. Con la ficción trato de transformar todo lo que no me gusta de la vida. Desde que se murió mi abuela yo ya sé que todas las personas que amo se van a morir. Entonces la única esperanza que me queda es la ficción.

 

 

 

 

 

 

 

Notas relacionadas

Pablo Caramelo, actor, poeta y autor de Notas frente a una puerta desvanecida (Grupo Editorial Sur – Lamasmédula), reflexiona sobre el oficio actoral y la escritura poética.

Mariano Speratti es actor y director, y participó, entre otras cosas, en la obra Mi Vida Después, de Lola Arias.

Lisandro Rodríguez, actor, dramaturgo y director de La mujer puerca, Duros y Fassbinder. Todo es demasiado, entre otras obras, comparte con nosotros estas notas personales.

Martín Seijo, fundador de la Compañía de Funciones Patrióticas, nos comparte esta mirada sobre su obra performática Relato Situado.

Una puesta original e intimista de A puerta cerrada de Jean-Paul Sartre, a cargo de Jimena del Pozo Peñalva, nos atrapa con un clima de agobiante cercanía, todos los domingos a las 21 hs. en Milion.

Una lectura de la obra teatral Lejos, dirigida por Marina Sarmiento, que pone en crisis toda distinción entre actuación y vida humana.

El ensayista y crítico se interroga por la experiencia política que se encuentra en la base de la escritura y los films de Marguerite Duras, como algo que difiere de su mera representación.

Una mirada atenta de la obra teatral Querido Ibsen: soy Nora de Griselda Gambaro, dirigida por Silvio Lang, que se repone en el Teatro San Martín a partir del 25 de octubre.

Un posible recorrido por la obra del artista plástico Pedro Roth, quien en estos años ha construido un original territorio pictórico.

La temprana muerte de Lucio Dorr es ocasión para este escrito que, a modo de despedida, brinda un homenaje a la obra de un artista plástico talentoso.