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Arrasado en lo profundo: Artaud y la conciencia desbordada

Esteban Dipaola, autor de Comunidad impropia. Estéticas posmodernas del lazo social (Letra viva, 2013) y En tu ardor y en tu frío. Arte y política en Adorno y Deleuze (Paidós, 2008), entre otros libros, reflexiona en este ensayo sobre Artaud y la conciencia desbordada.

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El encantamiento y lo mágico desprenden en Antonin Artaud una dimensión del teatro, de lo que éste debe ser, pero también un espíritu de lo que el hombre es. Que el hombre recupere su espíritu puede establecerse como un mandato. De todos modos, lo crucial es que para Artaud el encantamiento y lo mágico se expresan en el cuerpo, en la carne; el espíritu es cuerpo. Una búsqueda entre el pensamiento de Artaud que se pretenda en algún sentido filosófica, debe atravesar ese pensamiento hasta incrustarlo en el cuerpo y desde allí retornarlo hacia lo profundo.

En Lógica del sentido,[1] Gilles Deleuze atraviesa la superficie carroliana con el espíritu punzante de Artaud: sobre ese mundo de superficies donde el sentido serializa de manera ilimitada y siempre en condición paradojal, propio de las aventuras de Alicia, se abre una grieta que otra vez incita a la profundidad, entonces la grieta no es ni superficie ni profundidad, es incorporal e insensible, encarnación en el cuerpo que distiende sus bordes hasta hacerlos desaparecer. Es el sinfín de la forma que erosiona el pensamiento y lo vuelve en su impotencia su más radical poder. La grieta es el momento de la realidad, es decir, del encantamiento y de lo mágico. Y si antes decíamos que eso es el cuerpo, la grieta es lo que traspasa el cuerpo y por esto mismo es incorporal, lo que significa que encarna en el cuerpo sin poder serlo jamás. A esta relación entre el encantamiento y lo mágico y el espíritu que ya es cuerpo, Artaud la comprende como la conciencia.

 

Conciencia y cuerpo como máscara o como crueldad

Quizás en Nietzsche es posible hallar una semejanza con lo que el artista y escritor francés postula para una comprensión de la conciencia. En el filósofo alemán del siglo XIX, la conciencia también era cuerpo, pero en tanto era máscara de éste. Como reflejo de las relaciones de dominio humanas, la conciencia reproducía un cuerpo sometido a las jerarquías de la verdad y del conocimiento, a las modalidades de pensamiento de la metafísica y de la moral; en fin, la conciencia era el propio cuerpo sometido, calculado.[2] El desenmascaramiento de esa “mala conciencia” solo sería posible como nuevo enmascaramiento, porque desenmascarar es enmascarar en un eterno fluir de máscaras. Tanto en Nietzsche como en Artaud se trata de deshacerse del cuerpo para hacerse un cuerpo otro, un impoder del cuerpo o una “voluntad de poder” que sea voluntad afirmativa de la vida y del devenir del cuerpo. Sin embargo, una clave es asistir a la noción de grieta que proponía Deleuze y comprender que para Artaud no hay máscara: el teatro de máscaras y racional es un teatro sin encantamiento y sin magia, por eso para el artista francés el interés no se concentra en desenmascarar al teatro, sino en producirlo en su fuerza ilimitada: teatro de la crueldad que es también el “impoder” del teatro, arrasar al teatro hasta llevarlo a su grieta donde solo le queda destruirse a sí mismo.[3] No es el desenmascaramiento del teatro o de la conciencia lo que Artaud postula, sino su desorganización. La conciencia para Artaud es cuerpo, pero “cuerpo sin órganos”.

 

La inmensidad: cuerpo y grieta

“Mi cuerpo es mío” enuncia Artaud en una conferencia dictada en el Théâtre du Vieux Colombier, el 13 de enero de 1947, un año antes de su muerte.[4] Pero no indica con eso ninguna referencia sustentada en el derecho liberal, al contrario, lo que Artaud en esa sentencia señala es que lo único que traspasa y agrieta su cuerpo es el yo desposeído de los condicionamientos culturales que han hecho del mundo del espíritu un mundo de la razón, y por eso en esa misma conferencia también dice: “para mí no se trata de entrar sino de salir de las cosas”. Salir del cuerpo es hacerse el propio cuerpo, pero cuerpo sin órganos que es conciencia que desborda el cuerpo propio. Cuando Artaud afirma que la conciencia desborda el cuerpo no indica que sale de éste, sino que es el cuerpo el que sale hacia algo más elevado y más profundo, porque el cuerpo es des-organizado para expresarse como lo encantado y lo mágico. La conciencia para Artaud es cuerpo no como máscara, sino en tanto extensión que no puede hacer otra cosa que salirse constantemente de sí misma dejándose arrasar por su impoder; y la conciencia-cuerpo como extensión es la realidad, que no es otra cosa que inmensidad. Lo único real es la grieta que destruye la racionalidad del espíritu dividido entre la superficie o lo profundo, para constituir un espíritu que solamente puede atravesarse a sí mismo.

Si esa conciencia-cuerpo es realidad e inmensidad, se debe a que para Artaud hacerse un cuerpo sin órganos significa “que cada individuo que existe es tan grande como toda la inmensidad y puede verse en toda la inmensidad”.[5]

Para Artaud el cuerpo orgánico es definido como realidad, producto de racionalidades científicas que debieron ordenar un cuerpo manipulable y eficiente, y lo mismo ocurre con el teatro que fue capturado por aquellos que le impusieron una correspondencia de sentido para hacerlo realidad. Pero todo esto es una “fachada” y es la manera en que nos arrebataron el cuerpo como también nuestra encantada y mágica conciencia. Siguiendo esa proposición es posible admitir que Artaud también comprende que hay un ordenamiento asumido como verdadero y que no es otra cosa que máscara, aunque la singularidad es que para él esa máscara o fachada debe deshacerse para hacernos de una profundidad. En Artaud se trata de la profundidad, porque allí se halla la vida y también la sensación de un cuerpo que se abre volviéndose inmenso.

 

“Mierda y a la carga, finalmente, contra la filosofía y sus términos”.[6]

Todo el pensamiento de Artaud es un desborde de sí, al punto de que debe destacarse que solo puede ser considerado como pensar aquello que desborda. Si el pensamiento es racional y ordenado, es la estructura de una realidad falsa, pero si ofrece su impoder, si se eleva más allá de lo que él mismo puede, alcanza la profundidad como inmensidad, ese lugar donde conciencia y cuerpo se fusionan e integran. Por eso deben destruirse y hacerse mierda los términos de la filosofía, pues ésta no hizo más que arrebatarnos la profundidad. La filosofía es razón y espíritu que ha anulado lo ciertamente profundo que es el cuerpo, pues no es lo mental lo que hace el cuerpo, asegura Artaud, sino que “el cuerpo emana lo mental”.[7] Para Artaud la filosofía ha constituido una verdad sana, a la cual envolvió en la lógica y cercenó el pensamiento. Pero el pensamiento tiene millones de años y si alcanzamos lo profundo, si nos dejamos arrasar por ello, podremos comprender que cada individuo contiene consigo la memoria de todos esos pensamientos. Ese es el impoder que nos entrega otra vez a la profundidad, a los encantos y a la magia, a “el tiempo donde el hombre era un árbol sin órganos ni función”,[8] a la crueldad que es lo que en definitiva tenemos que llamar vida, porque “la crueldad consiste en extirpar por la sangre y hasta la sangre a dios, al azar bestial de la inconsciente animalidad humana en cualquier parte donde se lo pueda encontrar”.[9]

Hacernos y tener un cuerpo profundo es lo que indica esa voz de la conciencia de Artaud, que proviene de miles de años y que también nos convida a desbordar aquella superficie desde donde simulamos pensar y ser.

 

 


[1] Deleuze, G. Logique du sens, Paris, Éditions du Minuit, 1969.

[2] Cf. Nietzsche, F. La ciencia jovial (La Gaya Scienza), Madrid, Gredos, 2014. (Trad. y notas Germán Cano).

[3] Artaud, A. Le théâtre et son double, Gallimard, París, 1938.

[4] Artaud, A. Artaud le Mômo, Bordas, París, 1947. Recientemente traducida y editada en Argentina, Historia vivida de Artaud-Mômo, Buenos Aires, Mardulce, 2018. (Trad. Ariel Dilon).

[5] Ibid.

[6] Ibid.

[7] Ibid.

[8] Primer verso del poema de Artaud titulado “El tiempo donde el hombre era un árbol”, traducido al español por Alejandra Pizarnik.

[9] Artaud, A. Pour en finir avec le jugement de Dieu, K éditeur, París, 1948.

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