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El permanente estar

Cecilia Ferreiroa, autora de Señora planta (Blatt & Ríos, 2016), con este nuevo relato nos sumerge en medio del delta, en sus tiempos y silencios.

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Poco tiempo después de que Fabián y yo llegáramos a la casa se fue escondiendo el sol detrás de las casuarinas de la costa de enfrente y la sombra creció por el jardín hasta que lo abarcó por completo, mientras que las copas de los álamos del fondo se volvían doradas, con un brillo resplandeciente. Luego entró por la curva una lengua de fuego que duró un momento, más tarde el cielo se puso lila, para perderse en un azul intenso. Y recién después de ese lento y escalonado repliegue, la luz desapareció por completo; y llevaba a preguntarse qué la había extinguido así, en esa maravillosa agonía. Todo fue sombra y noche, y se empequeñeció.

En el muelle que estaba pasando la chata había un perro negro. Durante el fin de semana lo veía acostado en el muelle, más una mancha que un perro desde donde estábamos, que parecía mirar el paisaje y el paso de las lanchas. Tiempo después supimos que esperaba a su dueño, Dávila, que se iba todos los fines de semana a Tigre y volvía los lunes. El perro se quedaba ahí, plantado en el muelle, vigilando su llegada. Todas las mañanas yo pasaba a visitarlo por el río y me sentaba en la escalera a descansar y a tomar fuerzas porque la corriente era intensa y me dejaba exhausta. Él me veía llegar y se acercaba; movía la cola, pero al principio no se animaba a bajar la escalera del muelle. Poco a poco empezó a acercarse y a sentarse al lado mío. Era un perro grande, temeroso y solitario. Acostumbrado a poco contacto con la gente y a poco afecto. Nunca ladraba y nunca se metía al agua. Le tenía pánico. Un día de mucho calor traté de mojarlo en el río. Él clavó sus patas en el escalón y con todo el peso de su cuerpo haciendo fuerza para atrás logró soltarse de mis manos. Subió los escalones y se alejó del muelle con resentimiento. Se escondió en un hueco de la casa y no volvió a salir. A la mañana siguiente ya no le quedaba nada de rencor y volvió a recibirme con entusiasmo.

No conocimos a Dávila hasta un tiempo después, en que nos quedamos en la casa todo un mes. Volvió puntualmente con la lancha del lunes a la tarde. Lo vi pasar de pie, apoyado en el púlpito de popa con su bolso en la mano, mirando hacia adelante. La lancha superó la chata y se dispuso a hacer la maniobra para acercarse al muelle. Dávila bajó con agilidad, de un salto, y se fue caminando hasta que la oscuridad, las ramas de los sauces o la misma chata lo tapó. Era un hombre elegante, con el pelo gris tirado hacia atrás.

Al día siguiente volví a llegar nadando a su muelle y saludé a su perro, que me vino a recibir a pesar de que su dueño ya estaba en casa. Todos estos fines de semana de verano habían permitido que se formara una relación entre nosotros. Lentamente, como agua que crece, el perro llegó a ver en mí algo cotidiano y familiar, alguien en quien podía confiar, a pesar de haber cometido algunas imprudencias, y a quien podía esperar y recibir. Se acostumbró a mi presencia, como nunca se acostumbró al río.

Una tarde en que yo estaba apoyada en la escalera del muelle, asomando del río solo la cabeza y los brazos, se acercó Dávila. Desde arriba me saludó y después me dijo:

–Estás violeta. Tenés que cuidarte.

Al cabo de nadar un buen rato yo empezaba a sentir frío. Me ponía violeta o morada y empezaba a temblar. Dávila se preocupó, me dijo que era peligroso nadar en el río, que debía cuidarme de las lanchas. En seguida con cierta arrogancia le contesté:

–El ruido de las lanchas se escucha en el agua mucho antes de que aparezcan.

–Tenés que cuidarte, no se ve nada. Es muy peligroso –repitió Dávila, sin prestar atención a mi comentario.

Su insistencia hizo que me callara.

–Se han ahogado muchos en este río –continuó.

Lo miré con cierta inquietud.

–El viejo Kapelusz tenía una casa allá –dijo y señaló hacia atrás, a un muelle medio derrumbado que había a unos doscientos metros–. Se metió una tarde en el río y nunca más salió.

–¿Pero sabía nadar? –pregunté curiosa.

–Sí, creo que sí –como pareció notar que su respuesta sacaba convicción a la advertencia que me hacía, agregó–. Otros se han ahogado. Pescadores de fin de semana. El problema son los remolinos que tiran para el fondo.

Me quedé en silencio, pensativa.

–Descansá acá todo lo que quieras –me dijo con amabilidad.

Yo todavía debía estar violeta. Y él interpretaba eso como cansancio. Un poco para cambiar de tema dije:

–Su perro es muy lindo.

–¿El Negro? Es un perro de acá.

–Pero le tiene mucho miedo al agua.

–Sí, mucho.

Al oír su nombre el Negro se le acercó, moviendo la cola, y se puso a su lado. Dávila dándole un empujón le dijo con voz seca y firme:

–Salí de acá Negro.

El perro se fue del muelle, cabizbajo y se ocultó en un lugar debajo de la casa.

La chata Elena D. pertenecía a Dávila. Todas las mañanas cuando íbamos a desayunar al muelle, al mirar para ese lado, la veía, con el eje de flotación algo hundido hacia la derecha. Cada vez que pasaba una lancha la chata Elena D. se bamboleaba hacia una banda y hacia la otra, hasta recobrar poco a poco la calma. Una calma ligeramente inclinada. Era de madera y cuando pasaba nadando al lado de ella trataba de echarle un vistazo -rápido y jadeante-, que me permitía ver las tracas firmes, su línea curva y su nombre cerca de la proa. Muchas veces me costaba un gran trabajo dejarla atrás para alcanzar el muelle de Dávila porque la corriente me empujaba con insistencia y me hacía quedarme un largo rato a su lado, como si la chata misma buscara una compañía, tan erguida y solitaria sobre el río.

Rosa, la alemana que vivía en la casa de enfrente, nos contó que Elena era el nombre de la esposa de Dávila, que había muerto hacía algunos años. La chata Elena D. era lo primero que veía Dávila de su quinta cuando volvía con la lancha los lunes.

–Me voy a bailar con las chicas –me contó en una de mis visitas por el río–, porque hay que mantener los huesos aceitados –me dijo y me miró con cara cómplice.

Perfumado y bien vestido se iba a los bailes todos los fines de semana.

Estaba agarrada al muelle de Dávila cuando él se acercó y se sentó en uno de los escalones y me dijo:

–Uno de estos días paso a visitarlos por su casa.

–Por supuesto. Será bienvenido –me apuré a contestarle.

Tantas mañanas y tardes había pasado descansando en su muelle que era lo menos que podía decir.

Vino dos tardes después. Justo en un momento en que Fabián estaba con una descompostura tremenda, que lo mantenía cerca del baño, y que le dejaba una cara de fantasma que preocupaba. Dávila lo miraba cada tanto con cara de confusión, pero no consideró apropiado hacer ningún comentario. Nosotros tampoco hicimos ninguna aclaración. A pesar de su estado, Fabián se las ingenió para mantenerse sentado en la silla y acompañarnos.

Le convidamos con queso y dulce, lo único que teníamos. Dávila comió y tomó mate y no paró de hablar en todo el tiempo que estuvo en la casa.

–En esta casa vivía Ángel. Ángel Sturla. Él y su hermano tenían la panadería. Había un puente que conectaba las dos casas.

–Todavía están los palos de ese puente –comenté–. Me preguntaba qué eran.

–Yo conozco mucho todo esto. Con todo lo que sé tengo como para escribir un libro –dijo con tono satisfecho.

Nos interesaba mucho todo lo relativo a la historia de la casa y lo escuchábamos con interés, aunque la mirada de Fabián en ese momento era algo mortecina.

–Ángel y su hermano construyeron la casa y plantaron todos los frutales que hay detrás de la panadería. Todo esto era un mismo terreno, que después separaron.

–¿Y sabe cuándo se fueron? Porque esta casa estaba abandonada, la habían ocupado.

–Unos paraguayos roñosos la ocuparon. Los Sturla se fueron porque empezaron con la León y los viajes. Y la familia siguió con eso. La panadería funcionaba muy bien y les permitió crecer. De esta casa sé todo. Yo estaba mucho acá de chico.

–¿Y los paraguayos estuvieron mucho tiempo?

–Hasta que se tuvieron que ir. Eran unos vagos esos. Daba pena ver cómo esta casa se iba derrumbando.

–Llegó a caerse para un lado, ¿no?

–Sí, un día se desplomó y lo hizo como lo hacen los barcos.

Me quedé pensando en la chata Elena D. y su casco ligeramente escorado.

–Con la casa así los paraguayos se fueron.

Dávila se quedó en silencio, pensativo. Después se puso a mirar alrededor, como si quisiera comprobar que ahora la casa estaba bien firme.

–¿Y usted tiene una casa en el continente? –pregunté.

–Sí, me quedo en la casa de mi hermano. Tenemos un almacén frente a la estación del Bajo, en San Fernando. Yo tengo muchas propiedades. Todo esto es mío. ¿Viste mi muelle? El muelle anterior es mío y el muelle que está después también. Y la casa que está ahí es mía, era de mi mujer. También soy dueño de un terreno que está más allá. A veces pasás nadando.

–¿Cuál?

–El que tiene el muelle angostito, antes de La Bonita.

–Ah, sí. ¿Eso también es suyo?

–¡Claro! Todo es mío. Y en el Caracoles también tengo varias quintas.

–¿Y no las quiere vender?

–No, ¿para qué? Yo soy rico así. ¿Qué hago con la plata?

Fabián se limitaba a asentir y cada vez se ponía más pálido. Un par de veces tuvo que ir al baño, y se pasaba largos ratos. Dávila seguía hablando en sus ausencias como si nunca hubiera estado ahí.

–¿Y cómo hace para mantener todo? –le pregunté.

–Le pago a uno que me corta el pasto y a alguno que me hace arreglos. Ahora quiero hacer una playita en la casa que era de mi mujer.

–Pero usted no se mete al río, ¿o sí?

–No. Es peligroso. Pero así mantengo la costa.

–¿El pasto se lo corta Rubén?

–¡No! Ese es un carero.

Sonreí en silencio. Rubén le cortaba el pasto a don José, el dueño de la panadería vieja, y a veces a nosotros. Miré a Fabián y vi que estaba con muy mala cara, pálido, ojeroso. Había empeorado a lo largo de la visita de Dávila. Me miraba con cara de desesperado. Seguramente se quería ir a acostar. Por alguna razón desde el principio no le habíamos comentado a Dávila que Fabián estaba descompuesto, seguramente por el agua, y ahora habíamos quedado atrapados sosteniendo la farsa, aparentando que todo estaba normal, pero cada vez se hacía más difícil porque Fabián se iba sintiendo peor. Siempre hemos tenido una curiosa ética, que nos impide comentar o informar algo que no informamos de entrada, como si una vez que no pudimos o quisimos decir algo, debiéramos sostener ese silencio hasta las últimas consecuencias. Entonces todo se acomodaba a eso, a seguir ocultando lo que desde el principio callamos. Fabián permanecía sentado en la silla de una manera muy extraña, como alguien que se ha desmayado y ha quedado tieso. Al parecer Dávila era un hombre discreto, se limitó a mirarlo con extrañeza, casi con desconfianza, sin comprender si era su condición normal o no. Esa desconfianza nunca se le fue realmente. Le echaba fugaces miradas llenas de recelo y rápidamente desviaba la mirada.

–Esta casa ahora está muy bien –decía mirando alrededor.

–Le faltan algunos muebles –le decía yo.

–Pero está muy prolija. Está muy bien. A veces falta la mano de una mujer –dijo, sin rastro de tristeza.

Era una afirmación que no contenía ninguna emoción, como la descripción de un simple hecho. No estaba segura de que para él fuera un problema estar solo. Se había adaptado a su nueva situación, y le había encontrado el gustito a irse los fines de semana a los bailes.

–Yo paso la semana en la isla y los fines de semana en el continente. Tengo lo mejor de cada mundo –me había dicho alguna de las veces que lo había ido a visitar a su muelle.

Acá en la casa no hablaba tanto de sus salidas y de “las chicas”. De alguna manera tenía conciencia de la presencia de Fabián, a pesar de que prácticamente no le dirigía la palabra.

–Todo lo que está plantado lo plantó María, la esposa de Ángel –continuó.

–¿Las pindó también? –le pregunté.

–No, esas estaban. Yo era chico cuando plantaron las camelias y las azaleas. A ella le gustaban las flores. Era una mujer hermosa, y tan buena… -dijo con brillo en los ojos.

–¿Y Ángel trabajaba en la panadería?

–Al principio sí. No sabés lo que era esto antes. El muelle era un hervidero, lleno de lanchas y de gente que iba y venía. Todos los que vivíamos en las casas vecinas esperábamos la lancha para ir a la escuela en ese muelle.

Señaló en la dirección en la que estaba la panadería vieja. Desde la ventana de la sala se podía ver el muelle.

–Estaba lleno de chicos. Y antes de irnos nos daban un poco de pan para comerlo en el viaje. Era nuestro desayuno. Lo comíamos solo, caliente, arrancando los pedazos con la boca. Antes de que se enfriara ya lo habíamos terminado. Todavía recuerdo el sabor a levadura que tenía. Qué buen pan, tan bien hecho –miró a través de la ventana, hacia la panadería, con tristeza. Suspiró y continuó-. Cuando les empezó a ir bien Ángel se ocupó de los viajes. Y las casuarinas las plantó él. Tengo como para escribir un libro.

Lo miré seria y le contesté:

–¿Y por qué no lo escribe?

Dávila se echó para atrás como si hubiera escuchado un desatino, y sonrió con condescendencia, una sonrisa vacía y automática. Me quedé callada sintiendo que había dicho algo que no debía haber dicho.

–Bueno, me voy yendo porque ya se hizo tarde y hay que preparar la comida –dijo con voz tensa y se levantó.

Lo saludó a Fabián con el ceño fruncido y yo lo acompañé hasta la puerta.

Apenas se fue, Fabián se levantó con dificultad y se echó en la cama.

–No daba más –me dijo agitado.

No volvió a visitarnos nunca más. Y las veces que yo iba nadando hasta su muelle, él no se acercaba a saludarme. Me acostumbré a no parar más ahí. Saludaba al Negro desde el agua y seguía de largo. Algo había pasado en nuestra casa durante su visita que lo llevó a alejarse. Creció en él una desconfianza absoluta e irreversible, como si se hubiera dado cuenta de que algo estaba muy mal y que no tenía remedio. Nunca supe qué fue, si mi comentario, si el semblante enfermizo de Fabián, u otra cosa completamente distinta que sucedió esa tarde para él, imperceptible para nosotros.

 

El sol de la tarde daba siempre en la misma banda de la cabina de cubierta de la chata Elena D., que tenía una puerta y ventanitas, como una casita flotante. La cabina estaba pintada con dedicación y cuidado. Alguien se había parado en la cubierta y la había pintado, pincelada tras pincelada, con detenimiento, sin perder la línea. El techo y los marcos de las ventanas eran verde agua, las paredes de la cabina eran blancas. Y luego de esa tarea se había subido a un bote y había pintado con más cuidado y más detenimiento las bandas de la chata de color blanco y la línea de flotación, que sobresalía unos centímetros del agua, de color verde. Su pincelada no se había corrido, ni había sido en ningún lugar insegura o torpe. Había logrado evitar el movimiento de las olas cuando pasaba una lancha y la había pintado con un cuidado y un amor por su trabajo que me hacía pensar que había sido el mismo Dávila el que lo había hecho y lo volvía a hacer cada vez que era necesario. Rubén nos había contado que cuando había que hacerle arreglos lo hacía desde ahí, en el agua. A pesar de todos los comentarios que aconsejaban con prudencia lo contrario. Muchos le decían a Dávila que debía sacarla para reparar la obra viva, calafatearla, cambiarle las tracas que estuvieran mal y pintarle el casco, pero Dávila no hacía caso. Alguna vez llegué a pensar que el cuerpo de su mujer yacía adentro y me empezó a dar un poco de impresión cuando pasaba nadando por ese cementerio flotante. Me apuraba a pasarla y a dejarla atrás. Y siempre, irremediablemente, me costaba mucho esfuerzo hacerlo.

Un día Dávila decidió ponerla en venta. Fue una noticia que impactó mucho en la zona y que fue muy comentada. Rosa nos contó que el precio que pedía por ella era absurdo. Algunos habían ido a verla entusiasmados por la noticia de la venta. Había ido el almacenero de la chata Marcela con intenciones de renovar su flota, porque sabía que Dávila la cuidaba muy amorosamente pero también sabía que no la sacaba nunca del agua y esperaba con eso poder regatear el precio. Pero se encontró con un precio imposible y con la negativa rotunda de Dávila de negociarlo, de fijar uno más razonable. Abandonó la casa completamente enojado y por mucho tiempo no paró en su muelle cuando Dávila le hacía señas para comprar algo. También había ido otra gente de otros arroyos que no lo conocían pero que habían visto el anuncio en el Boletín Isleño; y salieron despavoridos, enojados también con “ese viejo demente” que los había hecho perder su tiempo por una chata por la que pedía cinco veces su valor.

–Está loco Dávila –decía Rosa–. No la va a vender nunca.

Pasó el verano y en otoño, con los días que se iban poniendo poco a poco más fríos y grises, empezamos a ir solo los fines de semana, cruzados con Dávila. Tampoco pude visitar más al Negro por el río, pero lo seguía viendo -una sombra inmóvil- en el muelle esperando a Dávila y quizás también un poco a mí. Alguna vez fuimos en canoa y pude saludarlo. Él se acercó afable, moviendo la cola.

No volvimos a ver a Dávila de cerca. Una vez que nos quedamos un fin de semana hasta el martes, lo vimos llegar en la lancha. Pasó por nuestro muelle mirando para adelante, sin saludar. Lo seguí con la vista hasta que la lancha paró en su muelle y pude ver que bajaba con una mujer. Nunca antes lo había visto llevar a una mujer a su casa.

 

Estábamos en el muelle tomando sopa caliente cuando vimos flotar una bolsa negra de basura llevada por la corriente hacia la desembocadura. Estaba segura de que no venía flotando desde lejos porque no la había visto un rato antes. El único muelle habitado cerca era el de Dávila. Me quedé mirando en esa dirección con asombro.

Unas semanas después volvió a aparecer una bolsa de basura en el río. La vi muy cerca del muelle de Dávila, alejándose poco a poco, como si se apartara para no incriminarlo. Evidentemente la acababa de tirar al río. Cuando pasó Rosa en su bote le comenté:

–Dávila está tirando la basura al río.

–Sí, siempre la tiró –me dijo sin sorpresa–. ¿O alguna vez viste salir humo de su quinta? Es un viejo roñoso. Total, el río se la lleva de su vista. A él qué le importa.

Desde aquella vez siempre lo vimos con esa mujer. Aparentemente Dávila había preferido terminar con los bailes y volver a iniciar una vida en compañía. Cada tanto iban juntos al muelle y se sentaban en un banquito que tenía. Un tiempo después se mudaron a la casa del muelle alargado. Esa mudanza me pareció un alejamiento de la chata Elena D., testigo inamovible de las conversaciones de él y la mujer en el banquito del muelle. Ellos se iban y la chata Elena D. quedaba altiva en su muelle, como recordatorio del abandono.

Un día gris de comienzos de invierno, la mujer salió corriendo como loca por el muelle alargado hasta el río, y gritó al aire desesperada:

–¡Ayuda, ayuda!

Rápidamente todos nos asomamos a los muelles. Los de San Antonio, que estaban casi enfrente de su nueva casa hablaron con la mujer de orilla a orilla y Carlos, el cuidador, se cruzó en canoa para ver qué pasaba. Rosa desde su muelle, un poco más lejos, miraba y nos contaba lo que veía de costa a costa. Estuvieron un rato dentro de la casa, luego salieron y llamaron al hospital del Miní. Una hora después llegó la lancha ambulancia y bajaron los médicos, que caminaron a paso veloz por el muelle y se perdieron en la zona oscura. Al cabo de unos minutos, entraron nuevamente en la lancha ambulancia llevando a Dávila. Y se fueron a toda velocidad con la sirena prendida.

Nos quedamos todos parados en los muelles, mirando el río que corría discreto, callados nosotros también, con una sensación de vacío y mucho miedo. Sintiendo de pronto un silencio atroz, luego de que los gritos de la mujer atravesaran y desgarraran el curso natural de la tarde. Estábamos solos, irremediablemente solos, y aislados. Insignificantes ante lo inevitable. De pronto me dio la necesidad de contarle a la chata Elena D. lo que le había pasado a su marido.

Con las ramas de los sauces que caían desnudas hacia el río, llegamos a la isla sintiendo la falta de fuerza del sol. El frío intenso le daba una imagen precisa y desahuciada a cada ser que intentaba resistir, pero que no había podido quedar entero. Rubén nos contó que Dávila había muerto de un infarto en el hospital donde estaba internado. La noticia fue impactante a pesar de que habíamos estado el día que le había dado el ataque. Lo primero que pensé fue en el Negro y luego en la chata Elena D. ¿Qué iba a ser de ellos?

 

Al Negro lo empezó a alimentar Carlos. Se cruzaba desde la San Antonio con un bote y le dejaba comida cada dos días, contratado para eso por la hermana de Dávila. El Negro, de pronto solo en la casa, frustrada una y otra vez su esperanza de que Dávila llegara con la lancha un lunes, empezó a aparecer por nuestra casa cada vez que íbamos. Aparecía como una sombra temerosa y se mantenía a cierta distancia pero no se movía durante todo el tiempo que estábamos ahí. Le dábamos de comer y se arrojaba a la comida con desesperación y ferocidad. Nos gruñía cuando queríamos agregarle un poco más de comida antes de que se le acabara la que tenía. Y luego al irnos el domingo nos despedía en el muelle y no nos sacaba la mirada de encima hasta que nos perdíamos en la curva. Lo veíamos parado, en guardia, una sombra negra cada vez más chica, mirando fijamente nuestra partida. Rubén nos contó que a veces se quedaba en nuestro muelle, mirando las lanchas que pasaban.

–¿Y las casas de Dávila? –le preguntó Fabián a Rubén una tarde.

–Se ocupa su hermana de ellas. Las venderá.

Pero las casas no estaban en venta. Quizás ella compartía la manera que tenía Dávila de sentirse rico, manteniendo las propiedades en su poder.

–No deben tener los papeles –me dijo Fabián, sacándome de mi reflexión.

Cuando los sauces hubieron recuperado sus hojas y las azaleas florecido, llenas de luz, volvimos. El canto variado de los pájaros sonaba colmado de vida y entusiasmo por ese despertar tan sufrido, tan esperado. Y en cada punto de ese extendido espacio, bien cerca, bien lejos, a los lados y hacia atrás, sobre las ramas de los árboles, a lo largo del pasto, atravesando el aire en direcciones encontradas, escuchábamos ese canto de la celebración de la vida. Dejamos todos los bolsos y enseguida apareció a cierta distancia el Negro, moviendo la cola. No nos había olvidado. Seguía ahí en la casa de Dávila, custodio solitario. A la tarde fuimos al muelle a tomar mate. Miré hacia la casa de Dávila y mi vista siguió de largo. El río estaba alto pero calmo y los árboles quietos, no había ni una sola gota de viento. Se veía toda la costa limpia. De pronto volví, sobresaltada, la vista al muelle de Dávila. No estaba la chata Elena D. El agua cubría, con indiferencia, el espacio que durante tanto tiempo había ocupado la chata. En su lugar no había nada, vacío y agua. La chata Elena D. se había ido, después de años de ser parte del lugar. Pensé que la hermana la había vendido, ya liberada del precio desorbitante y ridículo que le había puesto Dávila. Alguien la había comprado y había soltado sus amarras para sacarla de lo que había sido su morada a lo largo de las estaciones que terminaban y volvían a recomenzar sobre su presencia constante y silenciosa.

Esa tarde vino Rubén y le preguntamos por la chata.

–Se hundió –nos dijo–. Está ahí en el fondo, con el agua alta no se ve.

Me quedé petrificada.

–¿Cómo que se hundió? –atiné a decir–. Si estaba muy bien.

–No. Estaba toda podrida. La madera se fue pudriendo y hacía agua por todos lados. Parece que Dávila le bombeaba el agua bastante seguido.

Al día siguiente sopló viento norte y el río bajó. Pude ver que el extremo del techo de la cabina de la chata Elena D. asomaba del río, como si hubiera sacado la cabeza para respirar. Me dio algo de temor esa aparición repentina, pero luego vi que el techo seguía pintado de verde agua, manteniendo el decoro que tenía cuando estaba a flote, y eso le devolvía la pulcritud de su aspecto y, en cierta medida, la familiaridad que tenía para mí. Había quedado así, mucho más inclinada que antes, clavada en el fondo, convertida en corriente, en pez, en sedimento, en río.

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