FacebookFacebookTwitterTwitter

Jingle

Martín Hain, autor de La limpieza (Bajo La Luna, 2016), comparte con nosotros un relato inédito en donde la música y la amistad se trenzan en una singular historia.

how_to_avoid_plagiarism_in_music

.

.

Volví a juntarme con los amigos de Pelé. Este fin de semana nos vamos a presentar junto con otras cuatro bandas. Pelé insiste en que meta un solo en uno de los temas. Si estuviera Román capaz me darían ganas. Terminando el último ensayo jugaron a lo de siempre: golpear el pie de un micrófono contra el piso, o el puño contra el estuche de una guitarra, y después preguntarme el tono. Yo les decía y ellos lo festejaban.

Mi mujer dice que va a venir a verme. Da un poco de vergüenza porque uno ya está grande. A Román no le avisé pero imagino que ya sabe porque puso excusas tontas que nadie le pidió: que mañana quiere empezar temprano con el reparto, que el lunes va a pedirme el día para encerrarse a tocar. Mentira: va a quedarse mateando, pegado a la ventana y escuchando la radio, concentrado en las tandas, a la espera de cruzarse con sus propias huellas. Paciencia, le digo, hay que darle tiempo a la música. Desde que le conseguí trabajo es un ciudadano modelo que tiene zona propia y mete horas extras. Siempre le doy la camioneta con los resortes gastados. Las botellas vacías saltan y tintinean en los cajones, y eso me parece bueno para Román. Que el ruido despierte alguna sensación en los nervios insensibles. Los domingos, cuando nos visita, le pregunto si quiere bajar al sótano pero al final siempre miramos tele y tomamos cerveza. A veces se duerme en el sofá, la espalda torcida, y los dedos de la mano izquierda se le mueven un poco. Da pena despertarlo. Me quedo un rato, trato de adivinar los acordes. Entonces a mí también me da sueño y me voy a la cama.

 

Pelé es un conocido del barrio que hará cosa de un año juntó una banda, todos tipos cerca de los cuarenta, relleno y desecho de otras bandas por las que alguna vez pasó un casi famoso. Pero hasta en las bandas malísimas uno puede encontrar músicos extraordinarios como Román, y si duran poco tiempo en esa compañía es porque los malos músicos los terminan echando. En cuanto a mí, soy un bajista decente, además de oído perfecto tengo un reloj en la cabeza, algo que en un bajista siempre se aprecia, junto con cierta oscuridad, cierto deseo de no sobresalir. Lo que nos diferencia con Román es que yo alcanzo la felicidad interpretando covers, producto desafortunado de los años de conservatorio, mientras que a él, desde chico, sólo le interesaba crear su propia música. Un genio de las escalas y las improvisaciones, el desafío era arreglárselas para seguirlo. Entraba a las canciones y las estiraba de mil maneras, no quería o no podía terminarlas.

El punto de quiebre fue un ensayo especialmente caótico en el que al baterista no había manera de sacarlo del 4×4, el tecladista se perdía y Pelé, que además de cantar tocaba la segunda guitarra, primero ponía cara de confundido, después preguntaba en qué tono estábamos y por último levantaba los brazos. Román abría los ojos y preguntaba por qué pararon. Estás tocando cualquier cosa, decía Pelé. Nunca hay que parar, se quejó Román, la música no para.

Al final de la hora se acercó un chico que trabajaba en la cabina de grabación. Fue directo hacia Román y lo alabó como si no hubiese más gente en la sala, después dijo que buscaba sesionistas y pagaba por hora. Una declaración que para ese grupo representaba la suma de los sueños imposibles. ¿Vos pagás?, dijo Román, con esa soberbia distraída que en los músicos se parece tanto a la humildad. Mi tío tiene una productora, dijo el chico. Cómo Román callaba me miró y dijo que también necesitaban un bajista. Tenía esa dificultad para conversar de los muy jóvenes, esa necesidad de decir lo suyo de un tirón antes de irse. Me dio una tarjeta, dijo que grababan música para jingles. ¿Jingles de qué?, quiso saber Román, más interesado. De cualquier cosa, dijo el pibe dándose importancia, mi tío tiene contactos.

Había que llevar los instrumentos y nada más. Las reglas eran ser puntual, no fumar, no alchohol y no drogas. Si al tío le gustaba cómo sonabas te seguía llamando. Uno se anotaba en una planilla en los horarios libres. El que faltaba no podía volver. Se pagaba el día y punto.

Pelé y los otros se fueron sin saludar. La indiferencia es una forma de la envidia. El chico nos preguntó por qué lo llamaban Pelé.

Porque juega muy bien a la pelota, dijo Román.

 

El estudio era un chalet remodelado en San Martín. El chico nos hizo pasar al living. De pie o sentados, en silencio, los músicos esperaban. Nos servimos café de un termo, nos anotamos en la lista: nombre, instrumento, teléfono, hora de entrada. El chico anunció educadamente: los muchachos vienen a probarse.

Nos llevó a través de la cocina a la parte trasera de la casa, a un espacio más grande que el living. El famoso tío era un gordo agazapado atrás de una consola enorme. Saludé y las palabras se hundieron en la goma espuma que iba del piso al techo. Esperó a que nos acomodáramos, y apenas terminamos de afinar dijo que necesitaba una base de blues de doce compases. Tocamos menos de un minuto y pidió alegría. ¿Cómo?, dije yo. Alegría, repitió. Probé con la misma base pero Román ensayó un punteo juguetón. Bien, dijo el tío, pero no tan rápido. Probamos dos minutos más. Yo trataba de acostumbrarme a las instrucciones mínimas. Ahora tresillos. Ahora bossa. El gordo sacudió la cabeza. Vos, señaló a Román, quedate. Y vos, me dijo, afuera te van a pagar.

Me quedé esperando en la sala. Los otros músicos no hablaban. Dos guitarras, un clarinete, un bandoneón y dos mujeres sin instrumento, tan parecidas que seguro eran madre e hija. Pianistas, pensé, o cantantes. Diez minutos más tarde Román salió con el chico, que dijo un nombre. El bandoneonista juntó sus cosas y se metió en el pasillo. Antes de seguirlo el chico nos dio la mano y dos sobres de papel madera. Perdón, me dijo, estábamos buscando otra cosa.

Desde la calle no se oía nada y la casa era sólo una casa. Camino a la estación de tren, Román dijo: me hicieron firmar una cesión, lo que toco acá es de ellos. ¿De la productora?, dije. Levantó los hombros. De ellos, repitió. Parecía entusiasmado.

 

Nunca vi como una traición que Román se quedara en la sala cuando el tío me echó. Los meses que siguieron nos vimos poco: hablábamos por teléfono o me dejaba mensajes de whatsapp pidiéndome que oyera tal o cual canción en la radio, la que acompañaba a algún producto o la cortina de un programa, junto con alguna instrucción del estilo prestale atención al riff de fondo, al funky del final. Ese soy yo, decía. Porque él era así, siempre había sido sí: una aparición fugaz, un remate que rompía la rutina. Pensé que finalmente había encontrado su lugar en el mundo, fichando en una fábrica de salchichas musicales. Lo escribí en el celu y me respondió con el pulgar en alto.

A mí me habían ascendido en la embotelladora: oficina propia, fleteros a cargo. Ponía la radio y escuchaba los rastros de la música de Román, las perlas perdidas en los remolinos de música incidental. Champú, golosinas, gaseosas. Compré una consola en buen estado, de cuatro canales y, cuando mi mujer se iba a dormir, bajaba al sótano, destapaba una cerveza, ponía un tema de los Chili Peppers y tocaba la parte del bajo.

 

El invierno y la primavera pasaron sin saber de Román. Y una mañana de diciembre, justo antes de las Fiestas, me llamó el chico. Que si podía pasar a buscar a mi amigo, que se había puesto loco al final de la sesión, si no iba a tener que llamar a la policía.

Escribí una dirección en Carapachay y me llevé una de las camionetas. Me perdí un par de veces. El calor bajaba del cielo y subía del asfalto. Estacioné frente a otro chalet con reja y jardín mínimo. Acercándome a la puerta escuché una nota de trompeta, sobresaliendo del muro de chicharras, que callaron un segundo. Abrió una mujer joven que reconocí de la otra vez, salvo que esta vez faltaba la madre. Tenía la cara desencajada. Más atrás, el chico retaba a un pibe más joven, casi un alumno del secundario. Acá no se toca, le decía, se toca en la sala de grabación, y que no vuelva a verte con ese atado. ¿Traés una petaca? No, no tengo, dijo el trompetista. Porque parecés un pendejo que lleva petaca para hacerse el grande. Sacate la campera.

Los otros músicos se hacían los distraídos. El trompetista era un flaco con la cara cubierta de granos. Bajó la cabeza y nada más, entonces el chico gritó que te saqués la campera, y le dio un cachetazo en re sostenido menor. Nadie protestó. Yo tampoco, si lo único que quería era llevarme a Román. A la chica que me abrió le dio un ataque de tos, roja se puso. Fue la más valiente del montón. El castigador volvió a levantar la mano y los cuerpos se tensaron. Te salvás porque sos la única trompeta, dijo al final, y después caminó hacia mí con una sonrisa de amigo de toda la vida. ¿Se mudaron?, dije. Sí, hace poco. ¡Ernesto!, gritó. Un tipo enorme apareció por el pasillo. Román lo seguía, el estuche colgado de la espalda.

En la camioneta le pregunté qué había pasado. Bajó la ventanilla, prendió la radio, empezó a buscar en las AM. De a momentos la mano izquierda señalaba el aire. Ahí, decía, ahí.

 

A mi mujer le causa gracia mi talento de identificar cualquier sonido en la escala cromática. Cuando empezamos a salir solía preguntarme, al oír un bocinazo, o si un tenedor rebotaba contra el piso, qué nota fue esa. Yo le decía y ella, que no es falsa ni superficial, se asombraba como si fuese un milagro o un truco de magia.

Convencí a Román para que tocáramos juntos en casa. Le conté de mi consola portátil. Pero sin Pelé ni nadie, dijo. A mí me decepcionó un poco, tenía la esperanza de que hubiese hecho amigos y más adelante pudiera invitar a músicos de los buenos. Toda gente arruinada, dijo, además no les gustaba que habláramos mucho.

Nos instalamos en el sótano. Compré queso y salamín. Animado, habló de un saxofonista que se había cruzado por la calle, de un lugar donde reparaban instrumentos en la Galería Güemes, de un posible trabajo en Santa Rosa, o en un pueblo pasando Santa Rosa, no quedaba claro. Se limpió la grasa de las manos, nos enchufamos. Qué hacemos, dijo. Terminé de ajustarme la correa, le dije que arrancara con cualquier cosa. Probó un par de acordes. ¿Así está bien?, dijo. Dale, seguí, dije yo y subí el volumen. Después de un par de vueltas dijo algo que no pude escuchar. ¿Qué?, dije, y paró de tocar. No, que mejor cambiemos de tono. Si querés, Román, dale, dije, y volví a la base que veníamos tocando, un poco más rápida, esta vez en sol. Con la cabeza siguió el ritmo. Yo lo miraba de reojo y noté que se desinflaba.

Los dos paramos al mismo tiempo. ¿Corto más queso?, dije. Dale, dijo, y fue a buscar otra cerveza. Le pregunté qué le pasaba. A mí no me pasa nada, dijo, masticando. El chico me llamó porque te volviste loco, dije. Puso cara de sorpresa. Mentira, dijo, me echaron porque en un momento empecé a tocar y no paré hasta que me apagaron el amplificador.

Se levantó y empezó a caminar alrededor de la mesa. La mano izquierda repetía movimientos imprecisos sobre los trastes de una guitarra invisible. Después sacudió la cabeza, se rascó las orejas.

No me puedo acordar, murmuró, no me acuerdo de lo que tocaba. Y ellos se lo quedaron. Lo mejor que toqué en la vida. El tío decía más rápido, más lento, subile un tono, y yo estaba en trance. No le hacía caso. Tantas veces había ido y tocaba lo que me pedían. Frases cortas, algunos pentagramas. Listo, pará. Y yo paraba. Una intro, una coda, un estribillo. Nunca una tonada entera. El gordo es un artesano del collage. Une los retazos y teje melodías, climas, lo que venga. Lo único que necesita es que los pedazos estén sanos. Al principio no me hacía drama, después empezaron a picarme las yemas de los dedos. Pagaban religiosamente, cada día. Me pidieron que fuera más y más. Les cumplí. Salvo el otro día, que no paré cuando me dijeron. La música brotaba sola, como de un caño roto en medio de la calle.

Volvió a sentarse.

Les dije, al pendejo y al hijo de puta del tío: quiero llevarme esa grabación.

Estuvimos un rato en silencio. Después guardó la guitarra y se fue.

 

Encontré la tarjeta que el chico me había dado. Se acordó enseguida de mí. Claro, en qué puedo ayudarte. Le dije que quería otra oportunidad al bajo. Mentira, no querés eso, vos llamás de parte de tu amigo. Román trabajó mucho para ustedes, le dije. Se enojó un poco. Le dimos trabajo al loco ese, empezó, y yo lo interrumpí. Cuál es el problema en devolverle esa grabación, dije, si igual ustedes las destripan. Para él es importante aunque sea una copia. Si querés te la pago, si no pasame con tu tío.

La risa fue sincera. Mi tío no habla con ustedes, además nunca sale del estudio, graba día y noche porque la música no para, dijo, que era lo mismo que Román le había dicho a Pelé. De vuelta imaginé una máquina que fabricaba salchichas. Uno no sabe lo que come, y tampoco le preocupa mucho.

Quedamos en encontrarnos en un bar dos días después. Llegué cinco minutos antes de la hora, el chico fue puntual. No estaba solo, lo acompañaba el grandote, Ernesto, que se quedó en la vereda. Es malo que los músicos vean estos tratos, dijo al sentarse. Costaba saber si hablaba en serio, de repente parecía una gárgola cansada, una foto para pegar en el poster de una banda metalera. Esta es la última vez que nos vemos, dijo. Tu amigo no nos sirve, se le fue la música.

Me alcanzó un sobre marrón. Espié adentro, vi la caja con el CD. Acepté el paquete. No quiero nada, dijo, sólo que no nos busques más.

Manejé a casa eufórico, con mi tesoro en la guantera. Iba a llamar a Román pero tuve un presentimiento. En casa bajé al sótano y puse el CD. El ambiente se llenó de acordes inconexos, arranques en falso y escalas quebradas, separadas por largos silencios. Lo saqué, busqué rayas o golpes. Volví a pasarlo, esperando que mi oído se acomodara a una genialidad incomprendida. No era un engaño, reconocía el punteo preciso de Román. Cerré los ojos. Un código morse sin mensaje, un contrapunto entre una voz chillona, histérica, y otra grave, fría. Recordé el castigo del trompetista, la tos nerviosa de la chica. Aguanté hasta el punto en que al tío le dio miedo, igual que a mí en ese momento, y apagó todo.

 

El bar se llena de gente que vino a aplaudir sin importar lo que suene. Los músicos saludan de lejos a los que se agolpan en la puerta. Los mozos se apuran a llevar cervezas a la vereda.

El escenario es un espacio libre de mesas. Sonreímos bajo el brillo de las luces a las caras eclipsadas. Pienso que Román tal vez esté a punto de transformarse en alguien diferente, que el CD fue apenas un ensayo, que algún día saldrá de su letargo y yo debo estar listo para acompañarlo. La música no para.

El tecladista se acerca al micrófono, dice somos los amigos de Pelé y golpea cuatro veces los palillos.

Notas relacionadas

Christian Kupchik, narrador, poeta y traductor, autor de Fuera de lugar entre tantos libros, director de la notable revista Siwa, comparte con nosotros este relato inédito.

Juan Fernando García, autor de Morón (Muchos libros felices, 2014) y Sobre el Carapachay (Leviatán, 2017), entre otras obras, comparte con nosotros poemas de su último libro Temporales (El ojo del mármol, 2018).

Pablo Queralt, autor de Cansancio de lo escrito (Tsé-Tsé, 2001) y Ser y ser visto (Zindo&Gafuri, 2015), entre otros libros, comparte con nosotros tres poemas inéditos.

Julieta Desmarás, autora de los poemarios El río & su cajón (Alción, 2014) y La voz mayor (Alción, 2018), comparte con nosotros dos textos de su obra inédita La hora rancia.

Carlos Battilana, autor de Materia (Vox, 2010), Velocidad crucero (Conejos, 2014) y Una mañana boreal (Club Hem, 2018), entre otras obras, comparte con nosotros poemas de su próximo libro Ramitas. Poesía reunida (1992-2018).

La narradora Ana López comparte con nosotros esta serie de breves relatos inéditos en donde narra, con notable precisión y hondura, la vida de una psicóloga en el marco de la clínica en la que trabaja.

Florencia Abbate, autora de las novelas Magic Resort (Emecé, 2007) y El grito (Eduvim, 2016), entre otros libros, ha publicado recientemente Felices hasta que amanezca (Emecé, 2017), libro del que comparte con nosotros un vibrante relato.

Mercedes Roffé, autora de La ópera fantasma (Vaso Roto, 2012) y Diario ínfimo (Ediciones La isla de Siltolá, 2016), entre otras obras, comparte con nosotros fragmentos de su último libro, Glosa continua (Excursiones, 2018), en el que reflexiona sobre arte y poesía.

Apuntes del filósofo Esteban Bieda sobre la obra de teatro El hipervínculo (Prueba 7), de Matías Feldman, en la que se indaga en los nuevos modos de percepción propiciados por las nuevas tecnologías.

Horacio Banega, filósofo, actor y director, reflexiona aquí sobre la presentación de la obra DIOS de Lisandro Rodríguez en el Festival de Teatro de Rafaela.