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Metáforas

Martín Kohan, escritor y ensayista, autor de Ciencias Morales y Fuera de Lugar (Anagrama), entre otros, reflexiona sobre diversas metáforas deportivas para pensar el presente.

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Hace tiempo entraron en declinación las metáforas deportivas provenientes del boxeo. Quedaron bastante atrás tanto el “cross a la mandíbula”, hecho célebre por Roberto Arlt, como la expresión “tirar la toalla”, para decir que uno afloja o se da por vencido; o la expresión “round de estudio”, para decir que dos personas apenas empiezan a conocerse; o la expresión “quedé nocaut”, para decir que uno no da más. Con el turf pasó otro tanto: frases como “quedarse en las gateras” o “en la cancha se ven los pingos”, se usan, si es que se usan, ya casi como en abstracción, sin pensar en caballos o en pistas.

El fútbol, que lo ha conquistado todo, se adueñó también del universo de las metáforas suscitadas por el deporte. Decimos “gol de media cancha”, para hablar de un gran acierto; “tirar la pelota afuera”, para indicar al que se desentiende o no se hace cargo de algo; “dejar en off-side” o “quedar en off-side”, para expresar que alguien pone a otro o se pone a sí mismo en evidencia; “marca personal”, para explicar que a alguien lo vigilan muy de cerca; “ir con los tapones de punta”, para aludir al que es frontal o bien directamente agresivo; “pelotazo en contra” (fórmula popularizada por Juan Carlos Calabró), para establecer mi más ni menos que eso: que alguien es un pelotazo en contra.

Es por eso mismo llamativa la forma en la que, en este último tiempo, han ido ganando espacio dos metáforas de origen tenístico. Son empleadas con frecuencia en el gobierno actual o en los análisis que los periodistas hacen del gobierno actual. Una es “mala mía”. Mala mía es frase del tenis, y es signo de caballerosidad: el que lanza mal la pelota se adelanta a reconocerlo, ante la eventualidad de una duda posible, avisándole al rival y evitando cualquier entredicho; se pronuncia alzando un poco la raqueta y bajando un poco los párpados, con un dedo señalando el propio pecho se la suele redondear. La otra es “error no forzado”. Para una moral de la responsabilidad personal, ningún error es forzado por otro, siempre es cosa de uno; para una antimoral nietzscheana, todo error es error forzado, resultado de una lucha de poder, consecuencia de la imposición del más fuerte. En el tenis hay otro criterio: si se yerra en la devolución de un tiro exigente, preciso y fuerte y al fleje, el mérito es del otro; si se yerra ante una pelota sonsa, floja y anunciada y al medio, uno mismo ha sido el chambón, se trata de un “error no forzado”.

“Mala mía”: ya se ha señalado que una característica sobresaliente del gobierno es la de reconocer errores y retractarse al instante; como los errores cometidos son muchísimos, orillando en lo permanente, la frase se emplea a menudo. “Error no forzado”: cosas que podrían hacerse bien, se hacen mal por impericia, inexperiencia, incompetencia, por puro no saber hacerlas, por largarse a lo que no se conoce o a lo que se conoce mal.

Se dirá que no es casual que en el gobierno de Macri las metáforas provengan del tenis, más allá de que fue su relación con el fútbol la que tanto rédito político le dio. Pese a Vilas y a Sabatini, el tenis sigue remitiendo a una esfera social mayormente desengrasada en comparación con el boxeo o el fútbol, el imaginario que suscita sigue evocando finezas y glamour (basta fijarse en cuáles son sus avisadores). Puede plantearse, sin embargo, que hay algo de contradictorio en la preferencia temática de la metafórica del PRO, toda vez que allí se insiste una y otra vez con el “equipo”, y el tenis es un deporte netamente individual.

Pero no es cierto que el tenis sea un deporte de individuos solamente, y no estoy pensando en el dobles (Vilas y Clerc, no lo olvidemos, jugaban juntos pero no se hablaban: separados en pareja, como algunos matrimonios). El tenis puede jugarse en equipo, por ejemplo en la Copa Davis. En equipo, de otra manera: cada cual hace su juego, atiende a su partido, gana su punto, sigue su afán; una suma paulatina produce el efecto grupal, sin para eso precisar conexiones, integración o solidaridad.

¿Existe, acaso, en lo social, un colectivo de esa índole: integrado por individuos que persiguen cada cual su propio interés, pero logran en la consonancia una imposición de conjunto, sobre tantos otros conjuntos que sucumben y padecen? Existe, claro que existe: se llama clase dominante. Y se diría que nos tiene match point.

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