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Poemas inéditos

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En Aña Cuá las plantaciones

son dominio del río

que baja entre los naranjales y se renueva

ante cosecheros mudos.

 

Todo es inmenso acá,

salvo las flores de la orilla.

Salvo mi madre en su vestido de novia

que se aleja remando.

Salvo los peces que saltan a la superficie

fascinados por un mundo

que vuelve a cerrarse a sus espaldas

mojadas por una luz crepuscular.

Salvo mi padre,

que se durmió mientras tomaba

el vino de su boda, murmurando

me olvida no me olvida me olvida,

su regazo cubierto de pétalos.

 

El Gran Cebú Blanco

sacude sus cuernos torcidos.

El río mira a sus criaturas.

Mi madre es un punto en el horizonte.

Mi padre está tirado. Me le acerco

y le susurro al oído:

Despertate que estás muerto.

Y todo esto le da risa a las flores.

 

 

 

*

 

 

La rueda de lo grotesco

gira sobre nuestras cabezas.

Y si no, miren a mi señor padre

hamacándose en sus placeres,

hecho un trapo

humedecido en alcohol puro,

tratándolo de tú al diablo.

Miren a los potros desesperados

que nadan en su vaso de vino –

o a mí, que sólo puedo dirigirme

a otros bichos para saber de él.

Yarará, marsupial, aguará guazú,

ustedes que bebieron del pozo

de su enfermedad,

díganme, ¿saben algo?

 

 

 

*

 

 

Está hecho de animales nuestro miedo.

El buitre dice algo. La víbora dice algo.

Yarará, marsupial, aguará guazú,

¿y uds. qué dicen?

En mis sueños vi el futuro.

Y vi que no se movía –

salvo por la respiración del cebú.

En este poema – momento – despedida,

mi viejo no es un personaje

sino un instrumento de cierto peso

que me cuelgo al hombro.

Si me agarra mucho miedo

toco mi instrumento fatigoso.

Y la cosecha contesta con frutos podridos

que arroja sobre la tierra.

Los naranjos entienden

que un hijo es un recolector

de padres muertos.

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