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La filosofía como desfascinación

Gustavo Romero nos hace ingresar en el mundo de la filosofía de Emil Cioran: el escepticismo, la lucidez, el insomnio como persistencias de un pensamiento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

21, Rue de l’Odéon, París, en el sexto y último piso de un blanco edificio austero, vivió desde 1960, junto a su pareja Simone Boué, Emil Cioran. En las reseñas de sus libros, los medios culturales le dieron cierta fama titulando con adjetivaciones pomposas: “Un pensador crepuscular” (Combat, 1949); “Un ferviente cínico” (Le monde, 1964); “Demasiado brillante para estar desesperado” (L’express, 1974); “Caballero del mal humor” (La Repubblica, 1982); “El médico Cioran: nihilista, descreído, desesperado, cáustico” (L’express, 1986); “Aristócrata de la duda” (L’express, 1988). Sus vecinos preferían llamarlo: le sage de la mansarde, el sabio de la buhardilla.

Las adjetivaciones que componen las etiquetas sirven, por lo general, para diseñar cierta caricatura. Pero una lectura atenta de la obra de nuestro filósofo, que escape a las fórmulas adjetivales, nos revela su potencia y su importancia para el pensamiento contemporáneo en este desconcertante siglo XXI.

 

Las conmociones interiores y el tránsito a la lucidez

Nacido en 1911 en Răşinari, Rumanía, Cioran había llegado a Paris en 1937, becado por el Instituto Francés de Bucarest para hacer una tesis de Doctorado sobre Bergson. Siempre instalado en el Barrio Latino, en distintos hoteles, cambió de patria: no sólo la del territorio estatal, sino la de la lengua: abandonó el rumano, idioma en el que había escrito sus primeros seis libros, y comenzó a escribir en francés a partir de 1946, durante casi cincuenta años, hasta su muerte en 1995.

Estudioso y joven admirador apasionado de Nietzsche y de Simmel, sostuvo que el problema filosófico por excelencia era el carácter trágico de la vida, su “dinamismo diabólico” no dialéctico: fuerzas que constituyen formas y fuerzas que las desintegran. La cultura, en sentido amplio, es entendida como un conjunto de formas políticas, económicas, sociales, jurídicas, artísticas, religiosas, lógicas, que originariamente surgen de impulsos vitales. Hay un “fondo vital” que constituye un orden por medio de las formas, orden que caracteriza a la denominada “cultura objetiva”. Y en el dinamismo de las fuerzas vitales, estas formas son modificadas, desplazadas, desintegradas, reemplazadas por otras.

Pero el vitalismo de Cioran reposa sobre un mortalismo. La muerte no es una instancia externa o acontecimiento que adviene para terminar con el individuo, ni la agonía es el período final de una vida que lucha por permanecer. La muerte es un principio inmanente a la vida misma, atraviesa la existencia en todo su despliegue. La vida es agonía.

Por medio de experiencias límites, o de conmociones interiores, o del padecimiento de una enfermedad, el fluir cotidiano de la vida se transforma, el tiempo presente se impone y nos absorbe, tomamos contacto con la realidad del cuerpo, con su dolor, y nos volvemos lúcidos ante la muerte, que se desarrolla en nosotros día a día. La intensidad de la experiencia del dolor puede llevarnos a la desesperación.

Habitar las cimas de la desesperación nos hace perder el encanto y la seducción de la vida cotidiana y sus transacciones rutinarias. Lo que antes nos parecía normal ahora nos resulta banal. Las pequeñas luchas nos parecen insignificantes con respecto a la evidencia de la negatividad que nos atraviesa, la inmanencia de la muerte. Ningún disgusto diario está a la altura de nuestro gran dolor. Tomamos cierta distancia del mundo. El dolor nos singulariza. Cada individuo desesperado tiene su propio dolor, inconmensurable. Pensar sobre el dolor que experimentamos, y conceptualizarlo, es parte de la actitud que nos impulsa a filosofar.

También están las simas, no ya las alturas sino las profundidades, las del descenso a los infiernos, la experiencia de una tensión que puede llevarnos a resoluciones sin retorno. Y allí nos encuentra la escritura (¿un regalo del diablo?) como un modo de objetivar la tensión, y lograr alivio: “la creación es una preservación temporal de las garras de la muerte”.

El insomnio fue en la vida de nuestro filósofo un auténtico drama de la conciencia y de la vida. Dormir es la operación de una discontinuidad, la separación entre un ayer y un mañana, la posibilidad de un proyecto, de un olvido para un nuevo comienzo. Pero el insomne permanece, continúa, no hay mañana sino una cansada memoria, un agotamiento; las luces del alba son amenazantes. Si dormir es un modo de olvidar, el insomne no olvida, es una suerte de Funes, el personaje de Borges, cuento al que el escritor argentino describe como una “larga metáfora del insomnio”.

El insomnio es en la obra de Cioran, además de una experiencia vital auténtica, una figura conceptual de conmoción interior, de dolor, que lo acerca a la lucidez, a vislumbrar la inmanencia de la muerte, pero también a sentir la decadencia humana.

 

La lucidez escéptica

En el apartado anterior hablamos de “volvernos lúcidos”. La lucidez es un estado de desengaño, de desfascinación. Pero es un estado provisorio, frágil, asediado por las creencias, las ideologías y las “farsas sangrientas” que nos arrastran en cualquier momento de distracción. Al ser de condición frágil, la lucidez requiere de constantes ejercicios que la sostengan, de una actitud: el escepticismo de Cioran es un conjunto de ejercicios de descomposición de los sistemas, de desarticulaciones, de encontrar la fisura en aquello que pretende imponerse y dominar en nombre del Todo y de la Verdad.

Précis de décomposition (1949) es el título de su primer libro en francés, traducido por Fernando Savater como Breviario de podredumbre. El término francés décomposition alude a descomponer, analizar, desmontar los mecanismos de una máquina que aspira a ser el Todo; diferenciar, mostrar los artificios, los trucos, las operaciones. Es un ejercicio de desengaño. Y no se trata sólo de ver desde dentro este teatro artificial de las ficciones de la vida, el orden social y los sistemas de pensamiento, sino también de oler la podredumbre que emana de la decadencia de este “animal charlatán” que es el ser humano; animal que transforma sus ideas en creencias impulsoras de fanatismos, estableciendo la línea divisoria entre fieles y cismáticos con sus respectivos patíbulos, calabozos y mazmorras; suplicios que prosperan a la sombra de la fe, como resultado del Terror. La “genealogía del fanatismo” nos muestra el rostro repugnante del hombre.

El filósofo escéptico describe de qué manera el fanático transforma una idea neutra en una consigna llena de furia y de sangre: “las épocas de fervor sobresalen en hazañas sanguinarias”. Por eso Cioran dice sentirse mejor acompañado por Pirrón, por su facultad de indiferencia, por la suspensión en el acto de juzgar; por Hamlet, por su espíritu dubitativo; por los sofistas, por aceptar la intercambiabilidad de las ideas, y por Diógenes el cínico, por su carácter subversivo ante las convenciones sociales y las hipocresías morales, por su franqueza y su rebeldía ante el poderoso Alejandro Magno.

 

Los hechizos del lenguaje y la pasión musical

Wittgenstein planteaba que “la filosofía es una lucha contra el embrujo de nuestro entendimiento por medio de nuestro lenguaje”. La lucidez cioraneana es también una lucha contra los hechizos del lenguaje. ¿Qué otra cosa puede hechizarnos sino las palabras? ¿Dónde podría radicarse el delirio (otro modo de llamar al fanatismo) salvo en el discurso?

Quizá lo que esté más próximo del delirio o del fanatismo sea, para Cioran, el deseo; pero el deseo, en todas sus facetas más significativas para la razón, en las que lo determinan como motor de la acción, como proyecto, como obcecación, está vinculado inapelablemente a los mecanismos del lenguaje. El hechizo de las palabras nos asedia. Alzándose contra las ilusiones del lenguaje, la lucidez enfrenta a las palabras con las palabras, por eso la recaída en el hechizo siempre está latente y el ejercicio escéptico debe acudir en ayuda de la lucidez.

En la filosofía hay auténticos genios verbales, verdaderos brujos del lenguaje. Heidegger es uno de ellos. Cioran, lector riguroso de Ser y tiempo y de ¿Qué es metafísica?, se interesó por Heidegger en la década del 30, durante su formación universitaria. Años más tarde lo abandona, reconociendo a Simmel como su verdadera influencia. La habilidad heideggeriana para evadirse de callejones sin salida procede de su facilidad para disimularlo utilizando todos los recursos del lenguaje, inventando expresiones insólitas, con frecuencia atractivas, a veces desconcertantes, por no decir exasperantes.

“Demiurgia verbal”, orgullo excesivo que Cioran no admite en alguien llamado filósofo, pero sí en un poeta o en un demente. Simmel, por el contrario, ha planteado los problemas fundamentales de la filosofía con una claridad conceptual que despierta admiración en el rumano-francés (autoconsiderado “apátrida”).

Si bien la pasión por Nietzsche, Simmel y Dostoievski permanece a lo largo de su vida, aunque disminuyendo con los años, no obstante mantuvo una pasión intacta y de modo plenamente intenso: la música y, especialmente, la de Bach, experimentada como el único modo de perdernos sin derrumbarnos y de desaparecer sin morir. Si hay un Dios, dice Cioran, ese es Bach, un dios, en definitiva, mortal en tanto hombre, e inmortal en tanto Largo concierto para dos violines.

 

Cioran y nosotros

Encontramos en Cioran tres estilos en su obra. Por un lado, una “filosofía del fragmento”, donde predominan reflexiones dispares, fugaces, aforísticas. El aforismo es una sentencia condensada de pensamiento. Con frecuencia, es un golpe contra la opinión pública, contra los criterios superficiales o irreflexivos. Los de Cioran son ácidos, punzantes, bombas en los cimientos de las convicciones. Podemos encontrar este estilo en libros como: De lágrimas y de santos (1937), El ocaso del pensamiento (1940), Silogismos de la amargura (1952), Del inconveniente de haber nacido (1973), Ese maldito yo (1987).

Por otro lado, están los libros de coherencia temática, con pirámides conceptuales, como: Sobre las cimas de la desesperación (1934), El libro de las quimeras (1936), Breviario de podredumbre (1949), Historia y utopía (1960), La caída en el tiempo (1964), El aciago demiurgo (1969). Y, en tercer lugar (todavía es un terreno poco explorado), está el Cioran de las correspondencias y de sus Cuadernos, donde se constata, como en todo gran filósofo, que el escritor piensa en todo momento y que su obra está en permanente revisión y puesta en cuestión, donde no teme contradecirse y modificar sus conceptos.

Susan Sontag, una de sus primeras intérpretes, ubica a Cioran en la tradición de los que renovaron la escritura y el pensar filosóficos en la contemporaneidad, en la línea de Kierkegaard, Nietzsche y Wittgenstein. Por su parte, Sloterdijk reivindica su actualidad, su cinismo a la manera de los antiguos, y su estilo original e inimitable. Por nuestra parte, sostenemos que la obra de Cioran le ha dado oxígeno y vitalidad a la filosofía en el siglo XX. Es cierto que no recurrió, como hicieron otros autores, a la epistemología o a la lógica o a las ciencias humanas para hacer filosofía. Desde la filosofía misma, bajo su pulso intenso, y con el gesto de despedirse constantemente de ella (el famoso “adiós a la filosofía”), le dio más aire y más vida a la filosofía misma. En un gesto de constante despedida de la filosofía, Cioran nunca se fue. Y quizás la más grande de sus obsesiones haya sido el enigma de la condición humana, que se bifurca en la lucidez, el fanatismo, el insomnio, la música, la historia. Temas humanos, demasiado humanos, abordados con la fuerza que caracteriza a sus pensamientos. Fuerza del lenguaje cioraneano que despierta a sus lectores y que hace que éstos, una vez despiertos, ya no quieran dormir más.

Por último, mientras se deshojan los últimos pétalos de la segunda década del siglo XXI, notamos que la lectura de la obra de Cioran se muestra necesaria y fecunda. “El filósofo escéptico de un mundo agonizante” quizás nos dé algunas herramientas para pensar la condición humana en este siglo; siglo en el que, evidentemente, siguen operando los fanatismos, las xenofobias, la pobreza en todas sus variantes, los bombardeos y la sangre que corre. Nada indica que la podredumbre haya disminuido, al contrario. Es cuestión de ejercitar la lucidez, es decir, la conciencia, la visión y el olfato.

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