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El oficio de borrarse

Pablo Caramelo, actor, poeta y autor de Notas frente a una puerta desvanecida (Grupo Editorial Sur – Lamasmédula), reflexiona sobre el oficio actoral y la escritura poética.

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¿Qué faltaba, pienso ahora, cuando incitado por la sombra de Juarroz (o del mito de la muerte de Dios) pasaba las horas corriendo la mesa de trabajo hacía la débil luz de un  invierno interior y así mantener la escritura del poema? El cuerpo, no. El cuerpo sobraba desde chico, entrenado en la receta familiar de hacer correr una pelota y aprender a desmarcarme para aprovechar de manera elegante la merma que hubiera, a volverla disponible en términos amplios, en términos de llanura o desierto.

Faltaba, no obstante, cincelar en la propia extensión y de manera hospitalaria, la mirada del otro.

La actuación agregó a esos hábitos y predisposiciones la aparición enfrente de una claridad más opresiva, parecida a la Lichtzwang del poema de Celan: la luz que al  reinar oprime. Entonces dejé de escribir, puse en entredicho la escritura poética durante más de quince años, en lo que asumo es el acto más violento que cometí contra mi propia naturaleza, mucho más que desgarros y distensiones, o descuidos de cierta fe religiosa.

Esa luz que en la escena proviene de una posición distinta, la del espectador, empezó a afectarme desde una intensidad más específica, aquello que el deporte y la poesía no habían llegado a revelar del todo: actuar, menos que expresarse, es reaccionar a la provocación de alguien que está para mirarnos. (Y algunas veces, tal vez las dramáticas y contemporáneas, reaccionar a la insignificancia para provocar que exista alguien que nos mire.) De algún modo, armé mi oficio actoral como una peripecia de adquisición técnica y expresiva para distinguir transoscureciendo (para seguir con la intraducible palabra de Celan) la presencia del espectador.

Cuentan (¿Deleuze?) que Kafka tenía pensado de manera estratégica sus intervenciones en una reunión para no pasar por silencioso. Como fui modelando el oficio de actor, favorecido por irrepetibles Virgilios como Guerberof, Szuchmacher o Bartís, se parece –creo- a ese artesanado de la presencia escénica que aprende a saber turnarse, para asociarse a la presencia a su vez intermitente del espectador (o de la comunidad). Entonces actuar nunca coincidirá totalmente con desplegar un arte de manera eficaz sino, a veces, como parece suceder en lo mejor de la escena performática, suspender sensiblemente eso que se sabe para no estremecer mortalmente el vínculo con el que mira y quedarnos una vez más, solos.

En esa fragilidad creciente de mi oficio actoral recuperé de pronto la escritura poética. Como un milagro de reconversión a una fe que inhibe las significaciones absolutas, heme aquí de nuevo entre las palabras.

Como pensé en algún borrador, soy nieto de la náusea y de la movilidad social, o sea que los movimientos orgánicos nacen en mí para combatir cualquier mandato de postración. Y actuar o escribir poesía constituyen ahora para mí un mismo movimiento orgánico que pone en suspenso la exigencia de fusión o supresión, para que el gran Otro acepte el convite de minorizarse y nos miremos como galaxias que aún no encuentran un lenguaje o una atmósfera que los relacione y que no obstante, entre guiños recíprocos,  mantienen la fascinación.

 

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