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Herrera el Viejo: una lección de la Poesía

En su nuevo libro, Herrera el Viejo (Ediciones en Danza, 2020), el poeta Ricardo H. Herrera vuelve a hacer de la poesía, forjándola con rigor y belleza, una ética que nos salvaguarda de la oscuridad del mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Este último libro, sólo por ahora último, en el que el poeta Ricardo Herrera ha reunido distintos momentos de su Poética presente, me acompañó con temblor y calidez durante algunas tardes, demoradas a gusto, en este duro tiempo de pandemia.

Siempre experimenté la emoción de la belleza poética al leer la poesía de Ricardo Herrera: como en un diálogo vivo entre poesía natural y poesía escrita donde  hablan el tiempo, el agua, los vientos, la luz, la sierra, las sombras en la voz íntima y universal de un yo lírico casi siempre en tensión aunque esté en sosiego o en actitud contemplativa. Y esto es así porque su poesía es una búsqueda y expectación constante de esa palabra, ese ritmo, esa música que le rehúye a veces al poeta y lo incita hasta desembocar en el poema: la criatura tan deseada, muchas veces en medio de largos silencios.

En esta lucha agónica con la poesía, en esa tensión, ha ido labrando Herrera una obra con voz propia que dialoga entre sí bebiendo en la fuente de la tradición pero libre de modas estéticas. Se advierte en toda su obra la presencia de un yo lírico unido a la condición de ser poeta y en consecuencia, y al mismo tiempo, en lucha con la poesía.

En esta entrega, que ha titulado: Herrera, el viejo, con esa declaración sustantiva muy concreta, el poeta nos anticipa el presente o momento de la vida en que se ha cincelado esta Poética alejada ya de esa lucha cuerpo a cuerpo con la poesía.

Consciente entonces del ser para la muerte, el consuelo dulce es, para el poeta Herrera, el ser para la poesía. Un ser que es hablado por la presencia siempre viva de la naturaleza –aquí, la del Valle de Traslasierra, en Córdoba– que a la vez ha sido el paisaje de la infancia. Este reino le ofrece así la última gracia despojándolo de toda posesión  existencial pero obrando como potente genio en esta etapa de la vida:

«El genio del verano –exuberante de luz tórrida– penetra en el lenguaje, fecunda las palabras poéticas con la concisa potencia del silencio final», nos dice Ricardo Herrera al concluir el breve prólogo.

El poeta Herrera teoriza con Poesía y experimentación, con pensamiento, no con Ideas, y nos entrega una Poética hecha de la sustancia de la vigilia más que de la del sueño, como sucedía en obras anteriores.

Para transitarla recorreré cada una de las partes que componen este trayecto existencial –y que el poeta prefiere llamar cuadernos– porque  dan cuenta de una fe: la fe poética, que conlleva asimismo una ética: la de la fidelidad a la poesía.

El libro consta de VI partes o seis «cuadernos», seis espacios temporales. Cada uno de ellos está acompañado de la reflexión del autor. Son seis brevísimos ensayos, siendo el primero Paseo sentimental, fechado en 2014. La génesis de este Paseo, según narra Herrera, tiene su punto de partida en un sueño del que la vigilia rescata dos líneas en las que el poeta, turbado, se apoya. Una línea pertenece a un verso del poeta Ungaretti –Il cuore mi é crudele–, traducido por nuestro autor como: «No se apiada de mí mi corazón» y la otra, es una línea de Kafka –«Con una hermosa herida vine al mundo; fue todo mi bagaje»–, hallada en un estudio sobre su obra, y que pertenece al cuento Un médico rural. Esta línea, en prosa, el poeta Herrera la traduce, como ya es hábito en su poesía, como un endecasílabo seguido de un heptasílabo. Las dos líneas comienzan a resonar durante las caminatas por el paisaje de la infancia, en la provincia de Córdoba, y al oírlas, lo despiertan del sueño para hacerlo entrar «en la profunda vida secreta de las palabras poéticas». De hecho, el primer poema de esta serie comienza con la línea de Ungaretti  a la que le sigue un dístico con la línea de Kafka, dando comienzo así al paseo bienaventurado que lo enfrenta al mandato poético: una orden ineludible que no puede ya desoír aunque la poesía no se le abra en toda su forma. Los 21 poemas de este Paseo guardan las meditaciones de una búsqueda todavía sin rumbo cierto, en la que la orden:

–«Debes cantar ahora, se amonesta;/ ahora, como Orfeo, aunque el orfismo/ sólo tenga ofensores. Sube a Duino,/ asómate al espanto de la altura/ y empuja la palabra a una ordalía»–, custodiada por el canto eterno de Orfeo y la sombra de Rilke, culmina finalmente en silencio, como lo atestigua el poema 20 de la serie: «Y sin embargo calla./ Ya todo es lejanía en derredor». Invitándonos así, desde el silencio y la soledad, a entrar en la segunda parte titulada La promesa del Rostro.

Esta segunda parte está fechada en el año 2015. Los poemas que la atraviesan ya fueron editados bajo el título La última nostalgia, en la colección La Cruz del Sur, Editorial Pre-Textos, en 2016. La meditación que los acompaña nos habla de un ars moriendi ars vivendi en la curva descendente del tiempo: «El vivir y el morir son la sustancia de la poesía, su constante objeto de meditación», nos dice Herrera, apoyado solamente en la luz de la fe poética: «La creencia, en mi caso, se reduce a tener fe en la poesía, o, mejor dicho, a creer en la luz de la escritura poética».

Desde este zona de misterio, análoga a la de la fe religiosa, y apoyado en predecesores que iluminan, como D.H. Lawrence: «La creencia es una cosa misteriosa» o en Ungaretti: «La poesía, la poesía sola, puede salvar al hombre», comienza el salvataje del poeta Herrera, en plena curva descendente, gracias a esa fe que le deja escuchar «el coro del poema». El poema que cierra esta serie: La última nostalgia, traduce el humilde estado existencial del poeta en súplica ante la gracia de la poesía: «Voy famélico en busca de poesía, / su mendrugo de luz es mi alimento, / y mi único saber, saber que existo», conmoviendo al lector.

Al llegar a la tercera parte, titulada Herrera, el Viejo, fechada en el año 2017, los lectores encontramos la llave que nos abre el sentido del sintagma nominal que da título al libro. Y lo primero que el poeta nos anuncia es que se trata de su nombre de pintor.

Los lectores de Herrera sabemos de su amor por la pintura. Él mismo, también pintor, nos ha dado testimonio poético a lo largo de su obra de un diálogo íntimo entre el espacio, que lo mueve a la pintura y el tiempo, que lo mueve a la poesía. Aquí, en principio hay un espacio, el espacio sagrado de la sierra de la infancia y juventud del poeta y hay un tiempo: «el verano, “la estación total” al decir de Juan Ramón Jiménez, maestro del color de la poesía española del siglo pasado», nos dice Ricardo Herrera. Pero el diálogo entre literatura y pintura se remonta aún más atrás de esa experiencia juanramoniana y nos lleva al Libro del Buen Amor, de Juan Ruiz, ya que Herrera bebe del agua de la tradición, a contracorriente de las modas de turno, y será el ejercicio de la lectura de los versos de Juan Ruiz lo que va a confirmarle el paso del tiempo con su decrepitud y su belleza: «Palpo el paso del tiempo en la lectura,/ la penuria y decrepitud del cuerpo/ del poeta (“so vil é despreciado”);/ la genuina belleza de lo viejo,/ la que salva el pintor con su pincel».

Hay otras experiencias que acompañan la génesis de este trayecto poético: una línea de un texto de Kierkegaard; una traducción fallida de Ténèbre, de Pierre Jean Jouve; hasta llegar al hecho clave, el que gestó este apartado: «El primer momento se ubica en mayo de 2016, al visitar en el Museo del Prado una exposición de óleos de Georges de la Tour. El segundo momento acontece nueve meses después, en febrero de 2017, cuando Celia Caturelli tuvo la gentileza de hacerme llegar desde Madrid el catálogo de la exposición», nos recuerda el poeta.

En ese catálogo encontrará Ricardo Herrera la clave de otra confirmación: la de su devoción por la pintura. El origen de algunas telas de Georges la Tour, erróneamente atribuidas al pintor sevillano Francisco Herrera, llamado Herrera el Viejo, le revela a  Herrera, el poeta, su ser hecho de tiempo y espacio, su fidelidad a la belleza.

Los dos poemas que rinden homenaje a Georges la Tour son memorables y nos invitan a los lectores a compartir la pintura de tema evangélico San Pedro arrepentido en dos momentos crudos y esenciales: traición y arrepentimiento: «[…] concéntrate en la angustia de ese anciano/ que perdió por completo la confianza/ en sí mismo. Remordimiento, culpa/ en la desolación, ese es el tema», para llegar juntos a experimentar, en la escena siguiente, nuestra propia condición: «¡Ceguedad de la condición humana/ y manantial de purificación!

Una vez más, es la pintura la que nos habla con poesía, es la pintura la forma que Herrera equipara a la de la construcción del poema: «Una forma cuadrada: once estrofas, /que consta de once versos de once sílabas./ Tensar el lienzo sobre el bastidor,/ templar el verso en el endecasílabo;/ un trabajo manual en cierto modo/ que construye sentido y concepción», nos dice el poema al desnudar con honesta transparencia la tejné de esta arte poética.

Inspirados por el diálogo con la poesía, los lectores llegamos a la cuarta parte del poemario: Cual la hierba humildísima, fechado en 2018. El título de este apartado encabeza, completando el endecasílabo aquí suspendido, el último poema de este breve tratado de ética, que lo antecede, y que nos enfrenta al tema de la vejez.

Como acostumbra Herrera, cuya pasión, junto con la poesía, es la lectura, va a urdir su propia reflexión acompañado de los amigos íntimos y también precursores, que van desde  Gottfried Benn: “Envejecer, problema para artistas”, transcurre por Menandro, el poeta griego: “El elegido del cielo muere joven”, hasta llegar al King Lear de Shakespeare y las palabras que Edgard le dice a Gloster: “El hombre debe salir de este mundo tal como entró; todo consiste en estar maduro para ello”. El contexto le da pie a Herrera para meditar sobre su propia condición de poeta que entra en la vejez en un mundo sin rumbo que «apunta a reafirmar la juventud eterna» tanto como  la precariedad de los lectores de poesía.

Será finalmente la lectura de una vieja novela de Galdós: La desheredada, la clave para desentrañar el núcleo del problema de la vejez del artista, como enunciaba Gottfried Benn, pues la protagonista, al comprobar que sus orígenes aristocráticos son falsos y que la sociedad no la reconocerá como tal, se siente sin salida.

Sin llegar a ese dramatismo Herrera considera «que todo poeta vive en su juventud una ilusión similar a la de la protagonista  de Galdós; presunta heredera del marquesado de Aransis; ya que todo poeta joven sueña con imponer su ilusión poética […], heredar una parcela de posteridad». Lejos ya de esa falacia temporal, sin el desenlace de la desheredada, Herrera se acerca a la desnudez de la que nos habla Edgard en King Lear. Se trata de la humildad, de la aceptación, de la entrega sin dramatismo: «Hacerse liviano como una hoja seca y someterse con cierta curiosidad al poderoso viento del invierno».

La aceptación de la vejez lo acompaña también en el giro de su escritura poética: «pude incorporar al léxico de mi poesía voces antiguas y nobles, de recia estirpe hispana, haciendo del anacronismo un recurso expresivo explotado conscientemente». De este giro expresivo dan fe los poemas, con citas y homenajes internos a Cervantes, Garcilaso, Lope de vega, Juan Ruiz, Góngora, Quevedo, en línea con la tradición que el poeta transforma en diálogo vivo y renovado.

Es la humildad, acompañada del amor por la poesía, la que cierra como tratado ético esta última lección de poesía natural y poesía escrita: « Cual un jazmín de pie, salto de dicha/ leve en la paz candente de la siesta;/ así es tu dignidad, tierna palabra».

Y llegamos al Canto Llano o quinto cuaderno, como los llama el autor, fechado en 2020. La breve reflexión que lo inicia nos revela el trayecto de esta poética del despojamiento, de esta desnudez sin altisonancia que constituye el giro expresivo del poeta Herrera en esta etapa de la vida.

El manantial del que surge este saber tiene su fuente en tres pasajes del Diálogo de la Lengua, de Juan de Valdés y su esencia consiste en reconocer la pureza de la lengua castellana en el llano decir del Cancionero general: «porque en ellos me contenta aquel su hilo de decir que va continuado y llano» y en la pureza de los refranes: «que lo más puro castellano que tenemos son los refranes».

De este decir se apropia Herrera en consciente homenaje a todo el Siglo de Oro y lo trasunta en poesía elemental consustanciada con la poesía natural y cotidiana del valle de Traslasierra.

Los poemas, de índole autobiográfica, dedicados a su madre, son de un pudoroso temblor y sus dísticos se enlazan a la poética elemental del Canto Llano: «Aquí nació, duermen aquí sus padres,/ el dolor y el ejemplo de la vida.// Soy hijo de esa sombra que dialoga/ tiernamente en la noche con los muertos».

El final, aunque provisorio, de este itinerario del poeta que conjuga y concilia todos los opuestos: libertad y forma; angustia y esperanza; enigma y luz; silencio y fe, se titula serenamente Sonata Otoñal y está fechado también en 2020.

Sabemos que la Sonata es una forma musical y que cada una de sus partes cumple una función en la forma. Cultivada por el Clasicismo dialoga como expresión temporal con la poesía, pues cada una de estas partes poéticas del libro de Herrera concluyen en la forma como en la Sonata de este registro de la vida: el otoño, con todo el prestigio que acarrea la estación que nos anticipa el invierno, y que nos expresa finalmente una fidelidad inquebrantable: confiar en la poesía, en la música de las palabras, esa antigua sonoridad que está unida a la magia: «La raíz del lenguaje es irracional y de carácter mágico. […] La poesía quiere volver a esa antigua magia. Sin prefijadas leyes», nos dice Borges en el prólogo a El Otro, el Mismo. Es claro que esa antigua sonoridad encuentra en la poesía su forma, su cauce, como lo testimonia Herrera con la música de su poesía.

La reflexión que acompaña a esta Sonata Otoñal parte de una cita del filósofo y poeta abulense George Santayana, muy estimado por el poeta Herrera y por quien ahora lo reseña. Dice la cita: «La poesía pura es experimentación pura». Un decir que nunca alcanzará su esencia. Y que, como agrega Herrera: «[…] suele estar más cerca de la magia verbal que de la certeza alcanzada mediante la reflexión lógica».

La poesía, por su precariedad, parece destinada al olvido o a sobrevivir, no menos frágilmente, en manos de los litterati, parafraseando a Herrera. Sin embargo se obstina en persistir, como lo ha testimoniado a lo largo de su historia.

Una de las condiciones de esa persistencia, según Herrera, es su afirmación en la comunidad lingüística a la que pertenece, como sucedía con la poesía clásica, que reunía a la comunidad y le daba pertenencia. Así los rapsodas cantaban los versos homéricos a la comunidad de la antigua Grecia, que los guardaba en su memoria. Y si bien la poesía moderna, en lugar de reunir, dialoga a solas con los lectores, esto no debe amedrentar a los poetas a claudicar en el camino: «Un poco como Robinson Crusoe en el salvaje espacio de su isla –o Emily Dickinson en el civilizado ámbito de su jardín–».

Esta es la actitud, el gesto, al que nos invita el poeta Herrera, siguiendo el ejemplo de los precursores, pues qué sería de nosotros sin ellos: «Hay un par de versos de Borges, entre tantos otros igualmente bellos y oportunos, que ofrecen un excelente ejemplo de lo que quiero sugerir: “Siempre el coraje es mejor, / la esperanza nunca es vana”…». Y gracias a esta fe poética, que también Borges vivenció como pocos a pesar de su agnosticismo religioso, Herrera logra saborear el «dulce fruto» del poema hecho de esa Poética del tiempo que se vuelve sabiduría: «Ni verdor ni frescura hay en el fruto/ de mi canto frustrado, sólo fe,/ en la fidelidad que se mantuvo/ incólume hasta el fin de la aventura. / De esa fe extraigo toda la dulzura».

En el epílogo del final Herrera nos revela en primera persona su propuesta ética que alberga la felicidad de haber sido fiel a la poesía. La gracia, el don con que la ha experimentado a lo largo de la vida le enseñó la humilde fortaleza de la espera, del acecho en soledad. Una experiencia que también lo templó para vivirla  con sentimiento de gratitud.

El diálogo al que nos mueve la poesía de Herrera se completa con la presentación de una imagen de tapa, muy afín a la Poética de Herrera, el viejo. Se trata de la obra de Celia Caturelli: conversaciones, en tinta sobre papel de arroz, del año 2018. Como multitud de hojas que conversan en movimiento, llevadas por el viento natural, en un diálogo muy estrecho cual la hierba humildísima que se mece en la poesía escrita de este tiempo herreriano de gratitud.

La lección de la Poesía al poeta que está entrando en la vejez es sustancial: volverlo pobre para hacerlo espiritualmente rico. Dejarlo desnudo para poder ofrecerle el Canto llano y el «dulce fruto» del poema.

La lección alberga también a los lectores, como un amor que nos envuelve y fortalece, como una ética que nos salvaguarda de la oscuridad del mundo. De esa fe trata la poesía de Herrera forjada con rigor y belleza. Un «dulce fruto» que nos consuela y acompaña, como corresponde a la verdadera poesía.

 

 

 

 

 

 

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