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Por qué hay algo y no más bien nada?

Marcelo Damiani, autor de El sentido de la vida (Adriana Hidalgo, 2001), El oficio de sobrevivir (Adriana Hidalgo, 2005) y Algunos apuntes sobre mi madre (Kappa, 2007), entre otras obras, comparte con nosotros este cuento que forma parte de su próximo libro: Signos vitales.

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Mayumi Hosokura

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Para Mario Presas

 

Hermeto tenía una relación demasiado carnal con su propio nombre. Nada en él era claro. Ni bajo ni alto, ni lindo ni feo, ni gordo ni flaco, ni bueno ni malo; su verdadero ser parecía estar mucho más allá de este tipo de distinciones binarias. Era, eso sí, muy callado. La gente, por lo general, no notaba su presencia, y si lo hacían, rápidamente se olvidaban de él, como si fuera un fantasma inofensivo con licencia para aparecer en público. Incluso cuando emitía alguno de sus oscuros juicios categóricos –bastante a menudo, por cierto– los únicos que parecían escucharlo eran sus amigos. Tal vez por eso había llegado a sospechar que siempre, para ser oídos, era absolutamente necesario poseer el requisito previo de la amistad, como parecía confirmarlo el hecho de que nadie escuchaba mejor nuestros silencios que un amigo de verdad.

A diferencia de muchos escritores, Hermeto encontraba muy estimulante la página en blanco, quizá porque la veía como una suerte de metáfora tangible del vacío. Pero también el color blanco (su favorito) y el silencio eran los progenitores del pensamiento; y Hermeto, como todo pensador puro, siempre estaba a la caza del pensamiento. Con el tiempo, sin embargo, se había dado cuenta de que el pensamiento era una especie de red –hermética, por supuesto– cuya única verdad parecía estar en los agujeros. Coherentemente, uno no podía cazar con esta red, sino que la red terminaba cazándolo a uno. Así, cuando era atrapado por su telaraña, era como si el cuerpo y el mundo desaparecieran juntos por arte de magia. El espíritu era transportado a otra dimensión, una zona o esfera donde no regían las leyes del universo, y cuya carta de residencia era tan inasible y efímera que casi no valía la pena tratar de conseguirla.

La condición de permanencia en esa otra dimensión tenía la forma de un encadenamiento o conexión involuntaria regida por la falta. Era como estar armando un rompecabezas una y otra y otra vez, aun a sabiendas de que cada vez que lo armáramos siempre iban a faltar varias piezas distintas, cuya particularidad consistía en aparecer y desaparecer aleatoriamente. La apertura a este verdadero campo de juego parecía ser una cuestión de azar. Uno estaba ocupado en cualquier otra cosa –no importaba cuál– cuando de pronto nuestra mente era abducida, y, sin previo aviso, al instante siguiente ya estábamos ahí. No obstante, convengamos que para muchos la manera ideal de convocar esta abducción era caminar, y Hermeto no era la excepción. En especial si tomamos en cuenta sus largas caminatas a toda hora, sin que jamás importara el clima o el lugar en el que se encontraba. Caminar se constituía así en una suerte de procedimiento que generaba una idea o imagen –para él, espíritu griego al fin, no había diferencia– que a su vez provocaba un efecto de distracción. La idea o imagen (la imagen-idea) se conectaba con otra, y luego con otra, y con otra, y de repente uno ya estaba atrapado por el pensamiento; y nunca se sabía cuándo nos iba a liberar. Hermeto, además, no creía que uno podía huir de ahí. La red era tan poderosa que una vez atrapados nuestra voluntad desaparecía. Caminar y estar atrapados por el pensamiento estaban tan unidos que cuando el hechizo se rompía uno podía terminar en cualquier parte. Al otro lado del mundo incluso, como le había pasado una vez a su maestro: León Volver (con quien pasaba largas horas pensando problemas filosóficos).

Hermeto, justo es aclararlo, tampoco era ajeno al encanto femenino. Pero sus gustos eran tan crípticos (y sus “amigas” tan escasas) que fácilmente podía pasar por un ermitaño o solipsista. Su última conquista, si es que podía llamársela así, había sido una bella lugareña con un fuerte aire intelectual; durante una larga tarde y una corta noche, según versiones poco claras, tuvo una relación tan exclusiva con ella que se llegó a sostener capciosamente que se había enamorado. Aunque quizá no esté de más aclarar que Hermeto era un fiel creyente del epítome epicúreo que sostenía que el sabio jamás debe enamorarse.

El nombre de la chica, por supuesto, era Clara. ¿Cómo iban a entenderse si no fuera así? Justamente el entendimiento (o mejor dicho, su ausencia) no pareció ser un problema entre ellos; por lo menos hasta que apareció: Clara era una chica literal. Así que una lluviosa tarde de abril que lentamente se convertía en una fresca noche estrellada, Clara apareció por el bar “La Caverna” (el favorito de Hermeto) y se sentó frente a él. No parecía haber otra forma para que ambos se reunieran. Un largo silencio precedió a su confesión. Mientras fumaba con displicencia, con naturalidad, mirándolo fijamente, Clara le comentó que estaba muy interesada en su teoría de la distracción.

Él, aclaró, Hermeto, cuando era adolescente, como cualquier mortal, no había parado de hacerse las mismas preguntas que han acosado a la humanidad desde el origen de los tiempos: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy? ¿Por qué estoy aquí? Tal vez por eso había estudiado filosofía. Su decepción, sin embargo, fue bastante grande cuando se dio cuenta de que sus profesores no estaban interesados en los verdaderos problemas de la vida, mientras sus compañeros rápidamente fueron convencidos de que ellos tampoco. Había una uniformidad universal del pensamiento demasiado molesta. El único que parecía discutir todo lo establecido, no sólo con sus ideas sino también con su actitud, era un profesor que no parecía enseñar nada.

Tolver era un excéntrico, un extravagante que nunca llegaba al aula a la hora señalada, si es que llegaba, y que jamás parecía haber preparado una clase. Pero por otra parte era como si todo el tiempo estuviera pensando. Tal vez por eso su mera presencia imponía un respeto absoluto. Su discurso, como su cuerpo, siempre parecía venir de otra parte. Y si bien uno a veces podía deducir la procedencia de su cuerpo (ropa de invierno en pleno verano o botas para escalar cuando no había montañas en miles de kilómetros a la redonda), el origen de su discurso era inhallable.

Clara, ahora, ya estaba atrapada por el relato.

Sin embargo, continuó, este discurso que la mayoría calificaba como delirante o desequilibrado, para él estaba repleto de resonancias, sugerencias, alusiones; epifanías. La filosofía de Tolver parecía estar basada en la creencia del poder absoluto de la nada. Tal vez por eso no era casual que repitiera todo el tiempo la famosa pregunta de Leibniz: “¿Por qué hay algo y no más bien nada?”.

Los largos silencios ocasionados por esta interpelación violenta eran los momentos más áridos de las clases de Tolver. Hermeto se había dado cuenta de que si pudiera responder esa pregunta resolvería todos los problemas que aquejaban al discurso de su maestro. Aunque a veces también pensaba que la cuestión fundamental era otra: ¿Por qué todo no ha desaparecido aún?

Clara hizo un breve gesto con la mano para pedir la cuenta.

Una noche, luego de entrar a clase con los pelos parados y un impermeable anacrónico (hacía meses que no llovía en la isla), Tolver anotó su pregunta favorita en el pizarrón, y se sentó a contemplar la nada. Tres largas horas de silencio fueron acabando con la paciencia de todo el alumnado. Cuando el único que quedaba en el aula era Hermeto, ambos cruzaron una mirada rápida, y Tolver leyó la pregunta en voz alta:

“Warum ist überhaupt Seiendes und nicht vielmehr Nichts?”.

La mente de Hermeto había estado trabajando sin descanso. Poco a poco había ido entendiendo, poco a poco había ido comprendiendo que todo, por lo menos desde el Big Bang, pasando por el ser y la nada, el azar y la vida, el espacio y el tiempo; pero también el agua, la tierra, el fuego y el aire; sin olvidar el lenguaje, el cine, la literatura, la filosofía, el arte; ni el yo, las ideas, el síntoma, la partición del átomo, la teoría de las cuerdas o la desgarradura existencial, entre incontables cosas más, hasta llegar al eventual Big Crunch, todo, es decir todo, absolutamente todo era explicable como un efecto, pero también como un defecto de la distracción. Toda distracción es en realidad una separación, un desvío, un despliegue incontenible de las fuerzas centrífugas de la dispersión original. Todos vivimos separándonos de nosotros mismos y desplegando nuestras potencialidades en los mundos posibles que construimos con las decisiones que tomamos, e incluso con las que no podemos tomar; desde la división celular hasta el corte definitivo del fluir de nuestra sangre. La distracción también es el recorte constante que estamos obligados a hacer de la realidad, suerte de cuadratura del círculo que delimita nuestra existencia, ese pequeño desprendimiento de la nada de la que provenimos, y a la que inexorablemente también nos dirigimos como meta final. La vida, en este sentido, es una pura y absoluta distracción.

Clara se sintió tocada por las palabras de Hermeto.

Así, él mismo no podía evitar escindirse y confundir los actuales pasos del mozo con los distantes del guardia de seguridad, cuando venía a echarlos del aula ese ya lejano viernes a la noche después de hora. En aquel momento, varios años atrás, había sentido la presencia de una luz inquietante que avanzaba a gran velocidad, como viniendo de las profundidades de un túnel oscuro y turbulento, ahora atemperada por la sensualidad con la que Clara lo agarraba de la mano; volvía a experimentar la fuerza, el impulso de su destello de lucidez, mezclado con la magnífica visión de la espalda llena de lunares de su compañera, y cual artero Arquímedes golpeado por la manzana de Newton a punto de gritar Eureka, no podía evitar la naturalidad con la que daba el salto hacia adelante, el salto cualitativo, el salto de calidad, apenas empañado por la sospecha turbadora de que tal vez nunca más volvería a ver a Clara después de esta noche, en la que su eventual enlace sería también el principio de su definitiva separación; y por último, no podía evitar que su cuerpo fantasmal se levantara al unísono de la silla del aula y del bar neoplatónico, saliera a la noche de invierno y de verano, nublada y húmeda y llena de estrellas y clara, y murmurara para sí la tan ansiada respuesta a la pregunta de Leibniz, de Schelling, de Heidegger, mientras Tolver y Clara, en momentos y lugares distintos (aunque tal vez en el fondo eran el  mismo), lo arrastraban fuera de su ámbito, de su mundo, de su ser, sin escucharlo, sin oír la única, la verdadera razón de que siempre, pero siempre, haya algo, y no, claro, más bien nada, sin percibir la doble revelación que él acababa de experimentar: La epifanía del poder absoluto y la secreta belleza de la distracción.

 

 

 

 

 

 

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