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Subleva lo postrero de la forma

Tres poemas de El imposible lacerado (Nuevo hacer, 2020), último libro de Luis O. Tedesco, acompañados de un posfacio de Perla Sneh, escritora y psicoanalista.

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YA VA PA’VIEJO MI ENREJAO, YA VA

senil mi nato ciudadano implora

ser inhallado numen,

ser esa palabra

que se pule sangrando su inmanencia,

 

sin mácula, no inmaculada, yerta

como zanjón de esquina en mis entrañas,

 

calavera su masa disonante,

ser de lo postrado

palabra que se escurre en las heridas

 

como brote, dolor ensimismado,

cicatriz el espacio de mi mente.

 

 

 

ENTRE PALABRA Y POEMA LA BATAYA

subleva lo postrero de la forma.

 

La beyesa y el estilo, clandestinos,

suburbian os claveles del antaño

y se dan manierados, estrujante

su dolo de servir en el acecho

 

Tampoco los consuelos del sentido

pueden con las pezuñas de la vida,

que raspa y muerde,

picotea destreza

en lo contrito del fervor quemante.

 

en la hendidura, en la médula fría

el poema sensaciona su cadáver.

 

 

 

A FUERZA DE PULIR, DESAPAREZCO,

sin credo ni censura no hago pie

en las grutas mestizas de mi mente.

 

No hay sopapo del saber que gustoso

deschave melodía ya no arrecia

lo que fui lo que soy de mi aparente.

 

La mano desasida es la que escribe.

 

 

 

***

 

La puta plegaria del vencido

En torno a El imposible lacerado de Luis O. Tedesco

 

¿Cuándo empieza un poema? Como el lenguaje, un poema no empieza; es uno el que aterriza de pronto en el vertiginoso suceder de su lectura y ahí, zácate, algo nos baruya la cabeza: quien alguna vez se haya asomado a la escritura de Luis Tedesco no desconoce esa experiencia de un génesis estallado, esa sorpresa de encontrarse despertando de repente en medio de una lengua encabritada, sin principio ni maneras, boqueando endecasílabos, naufragando entre palabras que lo anegan. Bienvenidas sean ellas, las palabras –sensoriales del mundo–, piensa uno sin dejar de inquietarse por el extraño deleite que le provoca –que lo espanta– el mucho desconsuelo que estos versos diseminan. Entre ellas –digo, las palabras– alguien parece regresar seguido, vuelve y vuelve y su retorno nos persigue: viene a abofetearnos, a no dejarnos descansar cerrando el libro, a insistir con la historia que no cesa; viene, nos increpa y escribe ni adentro ni afuera, siempre en la frontera: ¿Quién sos, quién sos / quién mierda te creés que sos?

 

¿Facundo? ¿Hormiga Negra? ¿Rosas? ¿Lucho Maidana?

 

No, no se apuren los lectores a repartir cucardas sarmientinas, ese vicio patriota del Estado; no hay aquí opciones sin contagio; hay un hablar salvaje, hay un ajetreo irredento que mastica consonantes, que desata una ira amasada con vocales. Atiendan, en cambio –digo, los lectores– a ese decir desacatado –palabra tedesquiana si las hay– que trama esta suerte de gauchesca urbana desertada –la palabra no es casual– de todo territorio mensurable, de cualquier país que se quiera refugio de los limpios y los sanos; esa lengua que cuenta la historia desdeñada de la chusma que no tiene cabida en nuestra historia, que cirujea en basurales de palabras desusadas (tantas que uno, de puro ignorante, desconoce: feite, menega, penate, múrice, torvelo, zarzo, adarves; busque cada cual las que mejor encuentre) o deslumbra con palabras rescatadas (cusifai, lo bien que me hace volver a pronunciarla). En fin: el facón triturado del idioma.

 

¿Y qué es un facón sin un cuerpo que venga a ser su estuche, donde el filo “cobrará nuevo brillo, como un astro centellando en la noche oscura”? A ese cuerpo apunta el poema que también es cuerpo que se nos atraviesa, que acecha e intimida, cuerpo lacerado que pesa en la historia que lo niega; que carga la miseria de los otros, su mugre acumulada. Ni rastro hay en él de congojas elegantes o melancolías austeras; lo suyo es sufrimiento liso y llano, sufrimiento sin destino ni consuelo; incerteza; infortunios de humillado. Digámoslo, para inquietud de los amenos: resentimiento, eso que –dice Vladimir Jankélevitch– bien puede ser, a veces, el único modo de poner en juego el sentimiento renovado e intensamente vivido de lo inexpiable.

 

Lo inexpiable: cómo no escuchar, entonces, el sibilar del rencor acumulado, el destellar de la venganza prometida, el rumiar insaciable del odio borboteando escupitajos, el filo de ese tono como de quien mira al adversario con los ojos achicados por siglos de malicias padecidas. Entretanto, ahí están los civiles sísifos del alba. Cómo no escuchar –y estremecerse un poco– el alegre repicar de la maroma asesina al cantar la refalosa, el resonar de esa voz amenazante, plebeya sin remedio, guacha, descastada, que mastica sus heridas escupiéndolas en medio de una ciudad que gusta imaginarse sin furias ni amenazas.

 

Hasta el acecho es ruido destemplado en la sintaxis estallada de Tedesco: chirría en los verbos que saltan desde un sustantivo –el tipo soliloquia su pueblada–, en los adjetivos que se quieren sustantivos –refila su mustio/contra el yantar genuflexo–.

 

Ardid de los ardidos que empasta el rumorear en estos versos, de Quevedo a Celedonio, de Herrera a Centeya o a Vallejo, se suceden prodigios y poetas, asaltando nuestra oreja huérfana de tanto ruiseñor arcaico. Estos poemas se leen, entonces, con la oreja, haciendo lugar a la voz alta, la voz convulsa y alta que no vacila en abrazarse a los rencores, malgre la impoluta conciencia de los probos.

 

Se escucha, nítido, el ruido que provoca la emoción de los vencidos, la materialidad –densa y etérea a la vez– de eso imposible que, lacerando, nos acecha, nos alcanza; materialidad hecha presencia por una herida que le da forma, la define y nos la arroja, lastimándonos. Refucilo que nos deja, pidiendo aire en la estacada. Queremos decir que nadie está a salvo.

 

Hasta puede el verso tedesquiano, en su reverbero centelleante, volverse versículo y reescribir las escrituras –¿acaso con mayúscula?– de un comienzo de no cesa, la escritura de un dios plebeyo que –en parodia de alegoría– mixtura mitologías griegas con tangueros y caballos, quizás tomándole el pelo al poeta nacional y sus chúcaros homéridas. Generoso como es, con yapas y changüíes y la piedad de los herejes, Tedesco, sintaxero, le da voz a los dioses menores y olvidados en una pampa sin mapa ni consuelo, una voz que nos impone la fluyente música de la nada que se escribe, una voz que entre Perséfone y Mandinga, retumba, fluye, nos atenaza, nos altera.

 

¿Usted escucha cuando lee?

 

¿Qué? ¿Aún una cita más? ¿Qué voy a citar, si está todo en el poema, pura letra encabritada? Entonces, quizás sólo sea cuestión de atreverse a la voz alta, a dejarse contagiar, a respirar hondo estos endecasílabos que le harán abrir la boca, lector, y, de pronto, le harán hablar poema, esa leche materna que no es manifiesto ni programa ni ningún artificio amanerado de vanguardia. Y esa voz de una verdad que nos lastima en el idioma quizás nos haga dar un paso, aunque sea en falso; pero ya nunca podremos desandarlo sin que nos resuene, rezosa, inextinguible, filosa, la puta plegaria del vencido.

 

Perla Sneh

 

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