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La fina llamarada del frío

Marcelo D. Díaz, poeta y crítico, autor de La formación de la lírica (UADER, 2017) y Bildungsroman (Gog & Magog, 2018), entre otras obras, comparte con nosotros su lectura del último libro de Carina Sedevich, Cuando la muerte sorprendió a Fassbinder (Tanta ceniza editora, 2020).

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Toda vivencia puede ser traducida en imágenes, interpretamos el mundo y el universo desde una imagen y luego mediante ella elaboramos una trama para darle sentido a nuestra experiencia. La poesía aquí se identifica con una voz que habla desde la mirada y los registros que otros han realizado para hablar en última instancia desde un lugar íntimo y personal.

Quizá tomemos otras voces para recuperar y redondear la nuestra y enunciar aquello que queremos decir y muchas veces no sabemos cómo hacerlo. La rama del árbol familiar es un horizonte y es un punto de partida simultáneamente desde el que comenzamos destejer sentidos y desovillamos nuestra memoria: Hermano, cómo pasan los días. Le contabas por teléfono/ acerca del calor aquí en el sur a tu amigo de New York./ El sol, seis minutos más tarde que la mañana en que llegaste,/ asoma y quema. Cuando la muerte sorprendió a Fassbinder, lo hizo/ dentro de su casa. Pero su hogar fueron sus películas. Creía/ que rodar sobre un tema absoluto, sin final, era la única/ manera decente de vivir. El sol saldrá mañana siete/ minutos más tarde. En el lugar en que estés habrá un refugio. La escritura es un hogar que habitamos y en el que nos sentimos protegidos de cualquier modalidad y forma del daño, de los peligros conocidos y de las distintas formas de lo perdido.

La dimensión del tiempo real a veces se encuentra suspendida, como en un film, funciona parecido a una narración que no termina de resolverse, esa tal vez sea la tarea del poeta, mantener en suspenso las partículas invisibles y sensibles de la realidad. ¿De qué vamos a hablar sino es de aquello que regresa permanentemente para recordarnos que somos efímeros y que lo único que nos contiene es la posibilidad de conectarnos con nuestros seres queridos? ¿Y qué si de aquello que escuchamos de las personas que nos acompañaron sólo podemos entender un balbuceo como quien intenta deletrear la tristeza? Porque hay situaciones que a la distancia son difíciles, por no decir imposibles, de reparar. Es lo que podemos leer en el poema 27 de mayo: Mi hijo está enfermo, lejos, obligado/ a ciertas cosas, como acaso también/ está su madre aquí. El día atraviesa/ su claridad acuosa. Los teros gritan/ festivos, como si el vuelo tuviera/un destino mejor o extraordinario. No hay lirismo en las distancias forzadas por el destino, no hay nada de poético en la imposibilidad de encontrarnos con nuestros sentimientos más profundos y sin embargo decirlo desde un paisaje bucólico de provincia en el que todas las piezas de la realidad se detienen puede resultar milagroso.

Las referencias al universo del cine ayudan en la exploración de su propia voz. La poesía también puede trabajar de manera acumulativa a partir de narraciones sobre narraciones hasta construir una verdad, un momento que sin ser epifánico deslumbra en cuanto que nos ayuda a redefinir los significados con los que nos desenvolvemos a diario como en la sentencia de Kárhozat o La condena: Los diálogos son innecesarios, pero en un momento/ alguien dice: “todas las historias son de desintegración”. Los relatos que hemos leído, escuchado, con los que hemos internalizado una manera de vincularnos y de estar en el mundo tienden a terminar en el mismo lugar, no hay mucho por hacer salvo leer, escribir, y contemplar si a fin de cuentas lo que único que resta es desintegrarnos por completos en el futuro.

El universo de referencias del cine convive con referencias a la literatura, y la poesía, puede que entre todas dibujen una misma imagen, no es la primera vez que Sedevich recurre a los versos de Watanabe como una brújula en una poética y para señalar una manera de leer: Como en un campo helado corre el ruido de la noche./ Pocas figuras dispersas en un tiempo plástico, que/ se extiende como por reacciones químicas. Un/ silencio apenas salpicado. Preferiría, como el/ haijin, no tener que escribirlo. Pero estoy sola. Los poemas de este libro articulan un correlato entre el paisaje interior y el paisaje exterior de la poeta, el recorrido subjetivo, sentimental de la propia mirada se detiene con un gesto casi zen en los acontecimientos de afuera: los ciclos de las estaciones, el paso de las horas, el griterío de las aves de campo, los movimientos de los árboles, la llegada del invierno y así. Se podría hablar en esa sintonía del acompañamiento cuidado de las ilustraciones de María Alicia Favot del texto que dialogan de manera orgánica compartiendo una voz y un estilo que completa espacios en blanco de sentidos y los complejiza.

En fin, estos poemas pueden trazar una trama nueva hacia el porvenir, en coordenadas en las que nos imaginemos como padres de nuestros padres y madres de nuestras madres, y en el que la esperanza sea no sólo una expresión de deseo sino un hecho concreto, real y comprobable, para nosotros y nosotras ya que no hay nada de culposo en pedirle un deseo a una estrella fugaz, tampoco hay culpa en esperar que aquello que deseamos en secreto se cumpla y estos poemas son la confirmación de ello.

 

(Sedevich, Carina, Cuando la muerte sorprendió a Fassbinder, Tanta ceniza editora, 2020, 70 páginas.)

 

 

 

 

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