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Big Rip

El escritor Ricardo Romero, autor de Historia de Roque Rey (Eterna Cadencia, 2014) y El conserje y la eternidad (Alfaguara, 2017), comparte con nosotros un fragmento de su nueva novela Big Rip (Alfaguara, 2021).

Horacio Coppola

 

 

¿A qué huele la ciudad? ¿Qué olor hay en sus calles, sí, pero también qué olor recorre esas calles? ¿Es el olor fundacional del río que la atraviesa de noroeste a sudeste el que se impone, el que está en el fondo húmedo del aire? Y si es así, ¿qué río es ese? ¿Es el fibroso y cristalino que baja de las sierras occidentales cada vez más esquivas, esas que solo se vislumbran en el horizonte en algunos atardeceres, pero solo en algunos, cuando se dan ciertas condiciones atmosféricas que aquietan los espejismos solares, y solo desde determinados ángulos y alturas e incluso, según se dice, según el estado de ánimo de quien las busca? ¿Es ese río delineado por cauces de piedra, desniveles y acueductos o es el que viene después, vigoroso y expansivo, más lento, hecho de barro, espuma y crímenes sin resolver? ¿Se impone la conexión aromática entre el tomillo azul y la peperina roja que crecen en las orillas de los tramos altos con los tilos de los barrios residenciales, los algarrobos y los molles, o triunfan los basurales que rezuman en los recodos de su curso populoso, más abajo, entre los puentes insomnes de las avenidas por los que transitan camiones que nunca nadie ve detenidos? ¿Es alguna de esas versiones del río o es el caudal exhausto que corre más allá todavía, que tiene el olor a bosta fresca de los caballos sin dueños, donde los descampados que bordea, quemados por la helada, ponen en evidencia la llanura entre los barrios más apartados y las casas en la noche titilan como barcos que se alejan, cuando en realidad quien se aleja es quien se anima a cruzar esos descampados en la madrugada y sucumbe a la violación de su espíritu entre las ortigas y los matorrales que han perdido el color de tanto humear en los mediodías? Y si es el río no puede ser solo el río, porque, ¿qué pasa con los arroyos entubados en los barrios bajos que la gente ya ha olvidado, esos arroyos ciegos que solo se recuerdan cuando suben a la superficie anegando las alcantarillas durante las grandes lluvias, qué sedimentos traen que altera los nervios de las mujeres que ya no mestrúan y los hombres sin próstata? ¿Es entonces la comunión de todas las versiones de ese río con esos arroyos subterráneos lo que hace único el aire de esta ciudad o hay que tener en cuenta ese mar tan imposible como las sierras, ese que en un oriente extremo de nieblas endémicas, desde sus aguas densas, devuelve a todos los ahogados, o al menos una parte de ellos, esas figuras quebradas y altas, perfiles distraídos que siempre parecen estar mirando a otra parte y que rebuscan sin suerte ese mar, ya que ni los ahogados por accidente ni los por intención vuelven a encontrarlo? ¿Hay una borra salada en el fondo del aire, un spray alcalino que resquebraja las ideas de los que pasan demasiado tiempo en las terrazas? Es todo eso y es más. O es menos, mucho menos. Algo profundo e inmisericorde en la minucia de los hogares abandonados. ¿En cuántas camas destendidas perdura la acidez coagulada del insomnio compartido entre dos personas que buscaban tocarse lo menos posible, pero que buscaban tocarse al fin? ¿Cuánta ropa sucia ha quedado sin lavar, cuántos tapers mal cerrados en la heladera, cuántas bolsas de basura sin sacar? ¿En cuántos armarios y roperos el aire picante de la naftalina ha encapsulado al tiempo hasta casi detenerlo? ¿En cuántas habitaciones las luces han quedado encendidas durante meses e incluso años y el olor de las lamparitas y los focos quemados delata que a esa oscuridad no la ha elegido nadie? ¿En cuántos hospitales las gasas, las jeringas y las vendas usadas han sido escondidas por manos temblorosas que pretenden conservar algo de lo que eran antes de que la enfermedad y el miedo apestaran por ellos? ¿Se puede afirmar que hay un PH cuántico de las desapariciones, y que ese PH de ausencias es similar al olor de una cebolla marchita o una papa enmohecida que hace meses ha caído detrás de la cocina? ¿Y los que todavía están, siguen oliendo igual? ¿Hay una rebelión glandular en la cantidad pasmosa de habitantes que todavía recorren la ciudad a pesar de tantas desapariciones en masa? ¿Es cierto que huelen más, que han empezado a destilar feromonas con la imprudencia y la falta de sutileza de los insectos? ¿Es cierto que por una precaución instintiva evitan bañarse y que a algunos el tufo de sus cuerpos los abriga y a otros los hace temblar? Puede ser, puede ser. Es eso y es más, es menos. Y sin embargo, más allá de todas estas encrucijadas moleculares que se arman y desarman según el viento, más allá de los derrumbes y los incendios que ya son como etapas geológicas en la arquitectura elástica de la ciudad, siempre hay un momento del día en que los olores y hedores se retraen, y en que cada habitante, por un segundo, distingue en el borde de sus narinas el penetrante perfume de la cal viva, del cemento fresco, de la asfixia del hierro, de algo que se construye indefinidamente.

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