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Nunca nunca nunca quisiera volver a casa

Presentamos un adelanto del nuevo libro de Martín Villagarcía, Nunca nunca nunca quisiera volver a casa de reciente aparición por editorial De Parado.

 

4 de marzo

Últimas horas en París. Un marroquí me invita a su casa. Parece que está cerca, pero en realidad está bastante lejos. Me bajo mal del metro y me pierdo. No me puedo encontrar en el mapa. Me pregunto si no es una señal del universo. Quizás ya tuve suficiente. Quizás debería ahorrarme este encuentro. Finalmente, después de volver a tomar el metro y retroceder un par de estaciones, encuentro el camino a su casa. Afuera llueve y hace frío. Apuro el paso y llego hasta la dirección que me dio. Es un complejo de edificios altísimos. Me cuesta entender cuál es y dónde digitar el código para abrir, pero lo consigo. En persona no es muy lindo. Las fotos que me envió más temprano no eran muy claras tampoco, pero hay algo que me atrae y entro. No está solo. Se escucha ruido de otras personas hablando en un idioma que no conozco. Imagino que es árabe. Cuando caminamos por el pasillo, la puerta entreabierta de la cocina deja ver a tres chicos más ahí adentro, todos en suspensores. Me lleva hasta un cuarto lleno de aparatos de gimnasio y me pregunta si quiero tener sexo con todos o solo con él. Le contesto que prefiero que empecemos él y yo. Además de los aparatos, hay pilas de ropa sucia por todos lados y la ventana está cubierta por una persiana que literalmente se cae a pedazos. En medio del caos nos besamos.  Voy bajando despacio con las manos hasta llegar al culo. Es hermoso, redondo y prominente. Le meto la mano abajo del pantalón y el calzoncillo y se lo toco. Totalmente lampiño, me calienta todavía más. Nos sacamos la ropa y me chupa la pija. Me la llena de saliva y me pide que me lo coja a pelo. No me da confianza. Le digo que prefiero cuidarme y busco el forro que tengo en el bolsillo interior de la campera. Me recuesto sobre el colchón que hay tirado en el piso y él se sienta encima. Cabalga un rato hasta que se escucha un ruido afuera. Se para y se va. Me quedo quieto. No sé si levantarme y vestirme o qué. Enseguida vuelve y se pone en cuatro para que me lo siga cogiendo. Tiene un culo realmente hermoso. Me lo cojo hasta bien adentro y acabo. Él no se toca ni nada. Me visto y me voy. Llamo el ascensor y cuando abro la puerta, salen dos chicos que van al mismo departamento.

Al mediodía vuelvo a lo de Diego para almorzar con él. Comemos los restos del almuerzo de ayer y salgo para el aeropuerto sin grandes despedidas, en breve él y Harry van a viajar a Buenos Aires y nos vamos a volver a ver.

A las 20 llego a Berlín. Es de noche y hace frío. Por primera vez llego al aeropuerto Tegel, en vez de Schönefeld. Tomo el bus TXL hasta Alexanderplatz. Ahí espero el metro M2. Todo me es familiar. El restaurant Escados, el shopping Alexa y la Galeria Kauhof. Estoy en casa. Bajo en la estación Marienburger Straße y salgo a Prenzlauer Alle. Camino de esquina a esquina, pero no encuentro Rykestraße, la calle de la casa de mi hermana. Por alguna razón tengo el recuerdo de que son perpendiculares, pero no la veo. Le pregunto a un hombre que camina por la calle con su hija y me indica que son paralelas. No entiendo cómo puedo haberme olvidado de ese detalle. Doblo entonces por Wörther y ahí la encuentro. Cargo mi valija cuatro pisos por escalera y me reciben mi hermana con su novio, y mis sobrinas. Me esperan con sopa caliente, justo lo que necesito. Cenamos y se van todos a dormir temprano. Mañana hay que ir a la escuela y al trabajo. Yo todavía no tengo sueño. Me acomodo en el cuarto de mi sobrina menor, donde voy a dormir, y me quedo a oscuras en el sillón hablando por Grindr y Scruff con un montón de gente, pero nadie concreta nada. Uno me pregunta qué morbos tengo y me pide que lo cague en el pecho y que lo deje comerse mi mierda. Otro me pregunta si me gustan los chicos jóvenes. Le digo que hasta 18 podría resultarme atractivo y me dice que él tiene fantasías con niños de entre 0 y 4 años. Bienvenido a Berlín.

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