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Mensajes en una botella

Marcelo D. Díaz, poeta y crítico, autor de Bildungsroman (Gog & Magog, 2018), entre otras obras, comparte con nosotros su lectura del libro Anómalo archipiélago de islas probables (Prebanda ediciones, 2020), de Juan Conforte.

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A year has passed since I wrote my note.

Gordon Matthew Thomas Sumner

 

Imaginemos que llevamos un cuaderno en el que anotamos aquello que percibimos de la realidad, nuestras tramas, vivencias, preguntas, inquietudes. Registramos nuestras pérdidas, y esperanzas. Subrayamos ciertas lecturas, y recuperamos voces de autores y seres queridos para ubicarlos en una misma hoja donde el mapa se reescribe una y otra vez sin un astro o un horizonte definido.

En ese artefacto tan primitivo como venido de otra época, traído de un siglo completamente desconocido para nosotros compuesto por papel, hojas, telas, y lápices, las anotaciones se van ordenando con un criterio singular.

No hay un orden alfabético, no hay un orden previsto por un tema, un tropos, que articule cada texto, como si cada pieza y relato fuera parte de un archipiélago donde las narraciones apenas se conectan entre sí por pequeños puentes de sentido. Tal  vez porque en la experiencia y el relato de cada uno de nosotros y nosotras tampoco hay una narración lineal que responda a un criterio cronológico imantado de sentidos que nos permita leernos con la claridad de un telescopio o de un catalejo.

Por eso qué es, o qué sería, una isla. Wikipedia nos orienta al decir “es una porción de tierras naturalmente emergidas completamente rodeadas por agua. ​Tienen un área menor que un continente y mayor que un islote; y son más estables que un pequeño banco de arenaSupongo que existen islas artificiales también, y suponemos en esa dirección que una isla puede ser una analogía para pensar en otras maneras de habitar el mundo, y otros modos de decir (nos): ¿acaso no somos nosotros mismos con nuestras tramas hilándose hasta convertirnos en una miniatura –desde cuyo interior saludamos al universo– una suerte de isla arrojada al vacío del universo? ¿De nuevo: acaso las personas que nos rodean no pueden ser consideradas islas? ¿Por momentos nos encontramos y por momentos nos desencontramos? Por momentos los mapas conocidos se borran y quedamos aislados del resto monologando con nuestra propia voz interior y esa sería nuestra mejor compañía.

¿Cómo la cartografía de una isla cuyos límites no son otros más que la imaginación puede marcar un recorrido con sentidos? ¿Y allí donde los límites implican correr esa frontera imaginaria un poco más allá de lo conocido qué peligros podemos encontrar y qué riesgos son inevitables? ¿La soledad? ¿La necesidad de inventar una realidad nueva? ¿Una nueva trama para una nueva identidad y una nueva identidad para una nueva voz? Quién sabe, por las dudas llevamos nuestras anotaciones.

Y Juan Conforte con este libro, acompañado de las ilustraciones cuidadas de Mariana Robles, realiza un viaje, no ya el viaje de los cronistas, no ya el viaje que recupera el recorrido del héroe tampoco. Hay partida, eso seguro, pero nada garantiza que haya regreso entendido como una coronación de cualquier expectativa. Los nombres de fondo de exploradores de la literatura y de la historia universal conocidos son una pintura, un dibujo del mundo, en el que la realidad entendida como una maqueta, un modelo topográfico con sus relieves perfectamente delimitados, se desvanece. Entonces ya no hablaríamos del recorrido de desanclar desde una tierra conocida para terminar en un destino nuevo, y volver plenos, realizados, íntegros, con aprendizajes acumulados y útiles que nos ayudarán a escribir nuestro futuro en ese cuaderno que mencioné al principio.

¿Y esto último por qué? Porque también está la posibilidad de naufragar, y el naufragio como parte de una aventura tiene muchas modalidades, formas, representaciones. Cada quién puede escribir su propio naufragio. ¿No fue Hans Blumenerg quien recordó que la cultura occidental estaba escrita por naufragios y que los mismos no necesariamente implican un nuevo comienzo? Bueno, ese es el riesgo de la escritura también, como de la vida, la pérdida de sentidos, la imposibilidad de encontrar un faro. La profesora de latín y poeta, desde Bahía Blanca, Lourdes López nos enseña que la palabra faro remite a una torre con una luz, sí, pero remarca que ese resplandor es parecido a un fuego, no recuerdo detenidamente la idea pero me pregunto si esa luz, ese fuego que guía a los navegantes con la esperanza de no naufragar no dialoga con el fuego de las islas de Conforte.

¿No será que todo punto de llegada no es otra cosa más que un punto de partida y que cada vez que salimos de nuestro territorio, cada vez que nos embarcamos en una nueva experiencia, lo hacemos sabiendo que es muy probable que terminemos en el mismo lugar, en lo ya conocido? ¿Y dónde estaría el naufragio? ¿En la posibilidad de movernos de isla en isla? ¿En la imposibilidad de movernos de isla en isla? ¿En tejer puentes que sabemos en algún momento serán arrasados por un temporal? ¿En la quietud? ¿En el ostracismo? ¿Las repeticiones que realizamos en nuestras vidas y ya son inevitables? ¿O en el movimiento ciego sobre las olas de tu destino y del mío llevándonos hacia quién sabe qué lugares remotos?

 

 

 

 

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