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Erguido en la devastación

Lucas Soares, filósofo y poeta, comparte con nosotros su lectura de la nueva traducción y estudio de Edipo rey de Sófocles (ediciones Winograd), a cargo de Esteban Bieda.

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Una sola cosa podría llevar a conocer a muchasEn esta nueva traducción y estudio, “Edipo” opera todo el tiempo como un significante en el que resuenan una gran cantidad de elementos que Esteban Bieda se encarga de explicitar a fin de que podamos adentrarnos más profundamente en la tragedia. Su lectura sitúa al Edipo rey en el campo de tensiones que atraviesan el momento histórico de Sófocles al escribir su obra en la segunda mitad del siglo V a. C., un campo conformado por la democracia ateniense, la incidencia del lenguaje oracular y la emergencia de la sofística, entre otros factores. Para Bieda, Edipo rey es tan solo un pretexto para volcar su visión acerca de ese momento de la Grecia clásica, visión anclada en las relaciones entre tragedia, filosofía y política. Su Edipo rey resulta así algo más que el Edipo rey de Sófocles. Eso es lo que, a mi juicio, constituye el plus diferencial de esta traducción y estudio preliminar respecto de otros. ¿Por qué volver a traducir esta tragedia cuando ya disponemos de muy buenas traducciones al castellano? En el caso particular de esta versión, porque su enfoque heterodoxo y perspectivista se aparta de la mirada endogámica del especialista, sirviéndose de la figura de Edipo como de una poderosa lente de aumento para hacernos leer un drama ramificado en diversos ejes que se van entrecruzando: el mensaje oracular sobre la sabiduría de Sócrates; las nociones aristotélicas de peripecia y reconocimiento; la interpretación freudiana y el existencialismo sartreano, entre otros. Se trata de un abordaje que pareciera no dejar flanco sin rozar respecto del mito de Edipo y de la apropiación particular que Sófocles hizo de él. Como dice el personaje de Edipo en un verso de la tragedia: “Una sola cosa podría llevar a conocer a muchas”. En la traducción y estudio de Bieda, Edipo es una sola cosa que nos lleva a conocer muchas otras.

 

¿Catarsis o manija? ¿Por qué vale la pena leer una tragedia griega hoy? ¿Para qué traer un texto tan lejano al presente? ¿Cómo, en plena peste, nos afecta hoy una tragedia? En un sentido general, esta versión de Edipo rey puede leerse como un intento de respuesta a tales preguntas-obsesiones que subyacen a lo largo del estudio preliminar. Me animo a creer que para Bieda la recepción de Edipo rey de Sófocles por parte de un lector/espectador del presente no pasa tanto por los célebres efectos catárticos atribuidos por Aristóteles a la tragedia como por aquella perspectiva contraria sostenida por Nietzsche. Si a la pregunta “¿para qué ver una tragedia?”, Aristóteles responde: para experimentar una catarsis a través del temor y la compasión por el héroe trágico, Nietzsche replica coincidiendo sorprendentemente con Platón: para intensificar y robustecer esas mismas pasiones que, según Aristóteles, la tragedia viene a apaciguar. O dicho de otra manera, para reconciliarnos con nuestras pulsiones de vida y de muerte, de construcción y destrucción. “¿De veras –apunta Nietzsche en Humano, demasiado humano– la tragedia, como quiere Aristóteles, descarga la compasión y el temor, de modo que el espectador vuelve a casa enfriado y sosegado? […] Sería posible que el temor y la compasión fuesen en cada caso particular atemperados y descargados por la tragedia; sin embargo, el efecto trágico podría en definitiva robustecerlos en su conjunto, y tendría, pues, razón Platón al sostener que con la tragedia uno se hace en suma más miedoso y emotivo”. Desde esta perspectiva, que intuyo en la lectura de Bieda, Edipo rey resulta un tónico vital. Una afirmación de todo lo problemático y extraño que hay en el existir. Ese es, podría decirse, el nervio central de su sabiduría trágica. Lo contrario al mote de “pesimismo trágico” usualmente asociado a la tragedia griega, como si esta no fuera otra cosa que la constatación de la muerte como la herida fundacional de los seres humanos. En este sentido la palabra más precisa que se me ocurre hoy para definir ese estado en el que nos deja una tragedia griega es “manija”. Después de leer o de ver Edipo rey, uno queda muy manija.

 

El Gran Guionista y la libertad para decidir. Una de las tantas secuencias conceptuales que vertebran una tragedia griega es la de destino-libertad-responsabilidad humana. A lo largo de su estudio, Bieda le otorga una importancia central a la cuestión de las tensiones entre la concepción griega del destino (moîra) y la libertad. Esto es importante porque suele pensarse que en las tragedias griegas todas las acciones del héroe están guionadas por el destino. Edipo rey de Sófocles es la prueba fehaciente de lo contrario. Bieda señala en diversas ocasiones que Edipo no es un agente pasivo sino activo, en tanto transita una existencia guionada, efectivamente, por la palabra divina-oracular; pero al mismo tiempo encarnada en el propio carácter del personaje. En esta tragedia destino no implica determinismo (en sentido estoico); el destino viene a ser aquí una condición necesaria pero no suficiente para explicar el recorrido del sujeto trágico. “El oráculo y los dioses –señala Bieda– dis-ponen, pero el único que pone, que activa, es Edipo, el personaje humano”. Seguir leyendo Edipo rey de Sófocles como una tragedia del destino no deja lugar para advertir, a luz de las decisiones impulsivas y racionales (subrayadas una y otra vez en las notas a la traducción) del personaje de Edipo, el rol activo que este detenta en la consumación de su destino. No habría así, en este drama, un actor principal (el destino o la palabra divina-oracular), sino varios actores-agentes entrelazados. En la lectura de Bieda la pregunta por la responsabilidad del personaje de Edipo cobra un rol fundamental. Tal pregunta no solo constituye el nervio ético de esta tragedia, sino que es uno de los tantos aspectos que la acercan a nuestro presente. Por ejemplo, al psicoanálisis. Porque sabemos que un análisis gira, una y otra vez, en torno a la pregunta edípica y almodovareana: ¿qué hecho yo para merecer esto? Hablando del presente, es interesante volver a leer Edipo rey desde nuestra época marcada en parte por una cultura de la cancelación, donde las personas y sus acciones parecieran dividirse entre puros e impuros, morales e inmorales. Apunta Bieda: “El personaje trágico no es víctima. El héroe trágico ya no es, como algunos de sus pares homéricos, un títere del destino o de los dioses, sino que increpa la realidad, la cuestiona y deconstruye hasta el punto de intentar modificarla. […] Lo interesante de la tragedia del siglo V a. C. es que, aun habiendo destino, no obstante hay personajes cuyas decisiones resultan conditio sine qua non para su cumplimiento. Hay responsabilidad. Y gracias a la responsabilidad, hay tragedia”. Frente a dicha cultura, la sabiduría trágica de Edipo rey viene a poner el dedo en la llaga al subrayar nuestro rol de coguionistas respecto de lo que nos acontece. Porque aquí ya no se trata tanto del destino entendido como el Gran Guionista, sino de un protagonismo compartido entre este y el sujeto trágico como actor decisivo de su propio devenir y de su, como señala Axel Cherniavsky, “entrar dentro de sí” a fin de reconstruirse interior y silenciosamente.  

 

La Esfinge antropológica. Edipo rey es para Bieda un drama sobre el doloroso camino del descubrimiento de sí. Esta lectura en clave humana, demasiado humana, es otro aspecto que hace dialogar al drama de Sófocles con el presente. Otra vez sobrevuela aquí la pregunta que apalanca esta traducción y estudio: ¿por qué leer el Edipo rey de Sófocles hoy? La lectura de Bieda pareciera decirnos que vale la pena hacerlo para confrontarnos con aquella interrogación que, de Edipo al presente, nos sigue perturbando: ¿qué significa ser un ser humano? Esa es, para Bieda, “la gran pregunta de Edipo rey, esa es la gran pregunta del personaje de Edipo: ¿qué es un ser humano? En definitiva, Edipo se pregunta: ¿quién soy yo? Toda la trama de Edipo rey constituye, así, un desarrollo de la respuesta preliminar dada a la Esfinge”. El artista británico Damien Hirst dice algo que calza perfectamente con esta tragedia: “Como artista, se hace un comentario sobre lo que significa estar vivo en la actualidad”. Eso es lo que de alguna manera hace Sófocles: un comentario poético sobre lo que significa estar vivo en su tiempo. Porque estar vivo significa también no saber realmente quiénes somos, al igual que Edipo, Layo y Yocasta. Todos en este sentido estamos, como Edipo, exiliados de la posibilidad de comprensión de ese enigma que es la condición humana. Todos, en un sentido físico y metafórico, somos seres bípedos, cuadrúpedos y trípedos; descifradores de enigmas y a la vez un enigma para nosotros mismos. No es casual que uno de los documentales más vistos de Netflix, El dilema de las redes sociales, empiece con un verso de Antígona de Sófocles: “Nada extraordinario llega a la vida de los mortales separado de la desgracia”.

 

Una escritura teatral. Esta versión aborda el drama de Sófocles como un trabajo de autoría, en parte, colectiva. Hace de la experiencia de escritura académica y ensayística, que por lo general en humanidades ­­es solitaria, un trabajo grupal, al incluir los esclarecedores apéndices escritos por Axel Cherniavsky, Mariana Gardella y Luciano Ciruzzi. A través de ese gesto, Bieda recupera para el libro algo del espíritu del proceso teatral. La decisión de incluir una serie de apartados sobre temas específicos es inteligente, ya que le permite al lector profundizar en aspectos que, en una introducción o estudio preliminar tradicionales, serían apenas rozados. Me refiero puntualmente al tema de la peste en la obra de Sófocles y en Artaud, a cargo de Luciano Ciruzzi; a la función de los enigmas en la Grecia antigua, por parte de Mariana Gardella; al drama de Edipo visto a la luz de Spinoza, Deleuze y el cantante Sixto Rodríguez, bajo la lupa de Axel Cherniavsky; como también a los apuntes finales de Bieda acerca de lo que implica traducir un texto griego clásico a nuestra lengua y, en especial, en Argentina, y su justificación por el voseo, entre otras cuestiones.

 

Erguido en la devastación. Hace un tiempo leí un libro que –la metáfora es precisa– me voló la cabeza. Se llama Suicidio, de Édouard Levé. Contra lo que promete su título, se trata de una experiencia de lectura sumamente vital, tal como la que podemos experimentar al leer o ver una tragedia griega. En un momento, el narrador del libro afirma: “Lo más hermoso es lo que se mantiene erguido a pesar de la devastación”. Intuyo que eso es lo que a Bieda más le fascina del Edipo rey de Sófocles, y lo que de alguna manera justifica esta traducción y estudio preliminar. Dejar registro de una versión que, en plena peste de Covid y en el marco de una humanidad aumentada por lo tecnológico, nos confronta con la pregunta fundamental acerca de qué es y hacia dónde va lo humano. Una versión de Edipo rey que nos enseña que lo más hermoso es lo que se mantiene erguido a pesar de la devastación.

 

 

(Edipo rey de Sófocles, traducción, estudio preliminar y notas de Esteban Bieda, Buenos Aires, Ediciones Winograd, 2020)

 

 

 

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