FacebookFacebookTwitterTwitter

Filiación y comunidad filosófica en América

Si la historia de la filosofía es la historia de tradiciones conformadas por el lazo de filiación entre maestros y discípulos, en tanto este lazo no se desarrolle, no habrá cultura filosófica alguna.

En el año 2000, como miembro del panel de presentación de mi libro Introducciones a la filosofía, Eduardo Rabossi afirmó que el mismo exhibía la característica de la guachidad, propiedad que Rabossi ya había introducido en el libro La Filosofía y el filosofar y retoma en En el comienzo dios creó el canon. Además, caballerosamente, agregó que su propia práctica filosófica exhibía tal propiedad, por lo que no se excluía de dicha caracterización. En una palabra y filosóficamente hablando, Rabossi afirmó en aquella ocasión que él, yo, y tantos otros de nosotros éramos filosóficamente guachos.

En mi respuesta alegué que tal vez fuera cierto pero que percibía que esa situación estaba cambiando en virtud de que poco a poco una pauta diferente se iba extendiendo en la práctica filosófica profesional de nuestro medio, pues cada vez, argumenté entonces, los jóvenes filósofos de al menos una parte de la comunidad local se leían y discutían mutuamente.

En su obra póstuma Rabossi describe sin cortapisas la práctica filosófica que califica de periférica –la argentina, por caso– y una de las características de las que se vale para ello es precisamente la de la guachidad. Acuerdo completamente con la referida descripción y sobre todo con las actitudes grupales que propone para superar la periferia en su estado actual. Pero en el presente contexto no estoy interesado en la práctica filosófica periférica en general sino específicamente en la mencionada condición.

Rabossi nos recuerda que guacho significa, en el dialecto del Río de la Plata, huérfano de padres. La elección de esa voz autóctona no es menor en mi opinión, aunque Rabossi no saque partido de ello. Pero antes de ver en qué sentido ello es especialmente pertinente, resumamos cómo aplica Rabossi esta condición a la caracterización del filósofo periférico: “La condición de expósito del filósofo periférico tiene la particularidad de que él sabe o puede saber quienes son sus progenitores pero los niega por considerarlos indignos de su reconocimiento. Para él el pasado filosófico propio no existe”. “Al negar ese pasado –continúa Rabossi– borra el marco de referencia al que pertenece y se priva así de experimentar de una manera efectiva los problemas que se plantean, propios y extraños”.

Si acentúo la guachidad es porque me parece que de todas las características explicitadas por Rabossi acerca de la práctica filosófica periférica, ésta es la principal por ser aquella que hace posible todas las demás. Así, sostengo que las actitudes recomendadas por Rabossi para superarla no funcionarán si no superamos antes esta condición. Espero que a medida que avance mi exposición se evidencien mis razones.

Para abandonar la condición de guachos filosóficos, Rabossi nos aconseja, entre otras cosas, leer críticamente a nuestros ancestros genéticos, saber de quiénes provenimos y especular acerca de la herencia que, a nuestra vez, estamos dejando. Sobre este consejo hay mucho que decir, como se verá en estas páginas. Lo reformulo por mi parte como el mandato de que reconozcamos a nuestros padres y aceptemos ser padres de otros, es decir, dejar herencia filosófica. Al formularlo Rabossi se ha despedido de nosotros –al menos en cuerpo presente– cumpliendo finalmente él mismo dicho mandato.

Fiel a la condición de guacho, quise ser discípulo de Wittgenstein, no de Rabossi. Le propuse a éste que fuera mi director de tesis y de investigación sobre la obra de Wittgenstein, sin dejar de considerar que llegaría a ser, al menos en la periferia, el mejor discípulo del maestro vienés –luego fui por más, “convirtiéndome” en interlocutor privilegiado, si no del autor al menos de su obra–.

Si para bailar el tango se necesitan dos, para celebrar la danza filosófica se requiere del vínculo apropiado entre maestro y discípulo. Ahora bien, con un muerto no se puede por definición; entre nosotros parece que tampoco se puede con los potenciales maestros vivos, en primer lugar, porque el pretendido maestro reniega de esa condición, manteniéndose él mismo en la condición de discípulo del muerto, y en segundo lugar, porque ésta es también la situación deseada por el aspirante a discípulo, que se evita la economía real del vinculo maestro-discípulo.

En honor al mandato rabossiano, comenzaré por abrevar en una de las fuentes, filosóficas en sentido amplio, en la que reconozco una filiación posible: me refiero a la obra de Héctor A. Murena. En su ya clásico El pecado original de América, Murena desarrolla una compleja interpretación de la condición americana, de la que a continuación presentaré un breve resumen.

Para Murena, toda vida individual o colectiva debe acatar la ley del parricidio si aspira a elevarse hacia la vida del espíritu. Se trata de una ley cuyo cumplimiento ha de ser inconciente, pues no se trata de que haya una voluntad parricida por encima del solo hecho de cumplir con la ley vital que lleva a la inevitable batalla entre las generaciones, sino de no rehuir la responsabilidad que a cada quien le cabe en este enfrentamiento.

Murena aplica esta tesis a las relaciones culturales e históricas entre Europa y América para afirmar que la condición americana es la de un hijo que reniega del parricidio que debe cometer con su padre Europa, si es que aspira a tener su propia y auténtica existencia cultural. Como ejemplo paradigmático del nihilismo cultural ínsito en el proceso parricida, Murena cita al Martin Fierro, –precisamente el poema gauchesco en el que aparece la voz “guacho”, emparentada a “gaucho”–. Para el ensayista argentino, el Martín Fierro es el emblema de una comunidad sumida en el parricidio, pero la posición correcta frente a él es la de valorarlo como un momento que hay que superar hacia un estado ya no más parricida, por haberse completado el proceso del mismo.

La elección del Martín Fierro como ejemplo obedece a que según Murena la batalla parricida encuentra en el lenguaje el terreno principal en el que se debe librar. Un ejemplo histórico que nos ofrece es el paso del latín a las lenguas romances: el lenguaje “bajo” o “vulgar” de los pueblos es el instrumento con el que se abre paso el parricidio cultural que acaba con un lenguaje cada vez más alejado de la vida nueva.

Por mi parte retomaría estas reflexiones de Murena sobre la condición americana señalando, en primer lugar, que el sentido mismo de su construcción lleva a ver en lo que llamaríamos “cultura americanista” como el Martín Fierro, no una comunidad de parricidas sino una comunidad de guachos. En segundo lugar, creo que Murena no le da suficiente relieve a la relación entre lo propio y lo extraño, entre la nación y el extranjero en la constitución de la dialéctica entre padres e hijos culturales.

La primera observación apunta a señalar que para ejercer el parricidio debe haber padres e hijos, que es precisamente lo que no hay si hay solamente guachos. La guachidad, podríamos decir, es un mal parricidio porque resulta de negarse a matar al padre con tal de no reconocerlo en su carácter de tal. El costo que se paga es que no hay transmisión entre las generaciones, no se arma la serie de los padres y los hijos, es decir, la filiación. Pero sin filiación los guachos nunca serán ni padres ni hijos, lo que marcará la comunidad y la cultura que se darán a sí mismos.

Si transferimos estas especulaciones generales al caso de la historia de la filosofía, el cuadro es el siguiente: puesto que la historia de la filosofía es la historia de tradiciones y escuelas conformadas por el lazo de filiación entre maestros y discípulos, donde este lazo no se desarrolle, tampoco tendrá lugar cultura filosófica alguna. En efecto, la historia de la filosofía se detendría si no se generaran nuevas filiaciones. In extremis, la filosofía es la expresión cultural más directamente afectada por esta dinámica de filiación, en el sentido de que desde la perspectiva de sus condiciones de producción, no hay filosofía donde cesa el agonismo, el campo de batalla inevitable toda vez que hay filiación. (Estas batallas se dan en todas las direcciones, pues hay una relación estrecha entre parricidio, filicidio y fratricidio).

En Cadáver insepulto, venganza y muerte, un esclarecedor estudio psicoanalítico, el psicoanalista argentino Carlos Quiroga ha distinguido entre canibalismo e incorporación, distinción que nos puede ayudar a comprender lo que está en juego en el parricidio y el guachismo. Retomando el estudio freudiano sobre Moisés, afirma que Para Freud es lógicamente necesario que Moisés no haya sido judío para constituirse en… el padre de la serie de los judíos. Se trata en esta operación de una incorporación: se incorpora a la serie de los judíos como fundador de esa serie a condición de no pertenecer a ella.

Freud incluso llega más lejos y conjetura que Moisés habría sido asesinado por su pueblo, asesinato luego reprimido. De modo paralelo, recordemos que en su mito de Tótem y tabú, conjetura que la comunidad civilizada la hacen los hijos luego de haber devorado al padre de la horda. Pero este mítico asesinato de un padre no menos mítico, no es un acto de canibalismo sino de incorporación simbólica, esto es, de aceptación de un lugar de excepción, que es el padre en relación a los hijos, no menos que el extranjero en relación a los propios.

Volviendo ahora a lo que Rabossi llama “guachidad”, yo diría que los guachos son aquellos que mientras practican un canibalismo generalizado no incorporan simbólicamente a nadie en lugar de la excepción, por lo mismo que no se reconocen mutuamente en la deuda común con ese lugar de excepción. Éste, el de la deuda es un elemento fundamental para comprender al guachismo como un obstáculo para la incorporación parricida, necesaria para la fundación de comunidad. Como señala Esposito en Communitas, “la comunidad sería, no un todo formado por una propiedad común a sus miembros, sino el conjunto de personas a las que une… un deber o una deuda. Conjunto de personas unidas no por un ‘más’, sino por un ‘menos’, una falta, un límite que se configura como un gravamen, o incluso una modalidad carencial, para quien está ‘afectado’, a diferencia de aquel que está ‘exento’ o ‘eximido’”.

Es claro que esa deuda no es en relación a algo que, en una comunidad filosófica, el maestro tenga y los discípulos no. Por el contrario, si el maestro da su enseñanza a sus discípulos que lo reconocen como tal, es porque también transmite en ese mismo acto su propia deuda, no sólo con otros maestros sino sobre todo con esos discípulos. En una palabra, la falta o deuda hace comunidad porque circula entre sus miembros como una propiedad de las que todos carecen.

Esta situación es particularmente problemática entre filósofos porque es propio de la filosofía pretender una última palabra, un saber al que nada falte. Tal vez justamente por ello es que la filosofía es un campo de batalla en el que constantemente se hace la diferencia y se produce la fragmentación del saber en diversas escuelas y tradiciones. En efecto, para un conjunto deberá contar como maestro aquel que ostente la palabra final, de modo que tendrá discípulos que con mayor o menor celo guardarán esa palabra para futuras generaciones. Pero, claro, hay maestros y escuelas rivales y, vía la clave función del tiempo, algún hijo terminará incorporando al padre; algún discípulo de la vieja escuela llegará a fundar una nueva.

Hay una pregunta que puede inquietar y que no es productivo hacer, la de qué es primero, si padres o hijos, maestros o discípulos. La respuesta irreflexiva indica que sin padre no hay hijo y no viceversa, en fin, que es la enseñanza del maestro quien crea a los discípulos. Desde luego, pero a condición de que haya el reconocimiento que, por así decir, de abajo hacia arriba haga consistir esa paternidad, esa maestría, esa enseñanza.

Que una comunidad filosófica exista significa que tiene miembros que se reconocen los unos a los otros como filósofos que pertenecen a esa comunidad, lo que en el sentido pleno es reconocer a algunos maestros de todos y cada uno de los miembros de la misma. No hay que confundir el reconocimiento de esa maestría con los homenajes –póstumos o no póstumos– aunque estos homenajes ayuden. Lo que ayuda antes que nada es aceptar que somos lo que somos en virtud de aquello con lo que contamos y que es preferible hablar nuestra defectuosa, carente, insuficiente lengua filosófica, lengua de guachos que, sabiéndose tales ya no se quieren tales, antes que no hablar ninguna pretendiendo que hablamos aun en latín –o, si al hacer filosofía hablamos el inglés no debiéramos tratarlo como a un nuevo latín sino como a una lengua más, conveniente sólo por su mayor difusión; si hablamos el alemán no presumamos que es la lengua filosófica, como muchos supuestos maestros vernáculos sostuvieron; en fin, si hablamos el castellano, hagámoslo sin suponer que por ser la lengua materna es la auténtica a los fines de hacer una filosofía propia–.

Como dije más arriba, en su momento respondí a la observación sobre la guachidad hecha por Rabossi, que esa situación estaba cambiando entre nosotros, y creo que más allá de la Argentina. Este cambio ha comenzado por la decisión de las jóvenes generaciones en empezar a leerse y discutirse, en fin, a reconocerse. Ahora bien, si eso fue posible es porque inconcientemente el parricidio estaba y está en curso: estamos incorporando a nuestros padres filosóficos, sin lo cual no superaremos la guachidad. Eso nos llevará tarde o temprano a aceptar serlo –digo padres, maestros– en referencia a otros. Para aumentar la intensidad de nuestra comunidad filosófica tendremos que asumir el riesgo de pensar con autonomía creciente, ir más allá de nuestros padres genéticos, según la terminología de Rabossi, pero también más allá de esos padres putativos sin los cuales no seríamos considerados filósofos profesionales. El día que el índice de profesionalidad lo den primordialmente nuestros padres genéticos, formarán parte en un pie de igualdad de la serie de los padres de la filosofía, pondremos sus nombres junto a los nombres de la filosofía. Ese día tendremos una comunidad filosófica que formará parte de pleno derecho de la historia universal de la filosofía.

Notas relacionadas

En ocasión del Día del Lector, el autor reflexiona a partir de “Pierre Menard, autor del Quijote” y sostiene que, para Borges, leer un texto es, inexorablemente, transformar la obra que en él se sustenta.

El filósofo y ensayista nos invita a reflexionar sobre la noción de perpetuum mobile y su sentido esencial para la filosofía.

El filósofo ensaya una interrogación del ser-en-común como la envoltura de una imagen que encarna una semejanza y que así hace existir a la comunidad.

El ensayista propone pensar la diferancia derrideana en los términos de un des-originarse permanente del origen, para entender entonces el efecto terapéutico de la deconstrucción como un guardar el lugar.

En estas reflexiones, el ensayista vuelve sobre el grito fenomenológico que pugna por retroceder “a las cosas mismas” para meditar entonces sobre el sentido y el destino de ese origen.

En esta oportunidad el autor se interroga si los nombres recibidos, recreados y transmitidos son los que hacen consistir la ciudadela de lo humano.

Poniendo en diálogo a H.A. Murena con autores como Volóshinov, Sartre y Sloterdijk, el ensayista y filósofo lee con precisión el sentido de ser hablantes en el seno de una comunidad metafórica.

En estas notas se explora, a partir de la idea kafkiana de no lucha, las formas posibles de una obra libre de mal.

En este texto se expresa la conmoción de un golpe, el que ha provocado el nuevo libro de Luis O. Tedesco.

En esta oportunidad el autor imagina la ciudad administrada por un culto ingeniero que, con sus innovaciones, la convierte en una más filosófica.