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Textos cruzados: Bossi y Battilana

El crítico y ensayista inicia una serie de colaboraciones a través de las cuales entrecruzará dos textos. En esta ocasión acomete los últimos libros de Osvaldo Bossi (Ni el frío ni la noche) y de Carlos Battilana (Materia).

Ni el frío ni la noche (Martínez, Textos intrusos, 2012) –reciente libro de poesía de Osvaldo Bossi– es la escritura del objeto amado en el doble sentido –subjetivo y objetivo– que la sintaxis prevé para esa frase.

En el sentido objetivo, el más obvio, Ni el frío ni la noche es el cancionero de una voz lírica desplazada, de una voz lírica in falsetto, una técnica que Osvaldo Bossi viene explorando desde su primer libro, Tres, de 1997. En este caso, el sujeto que escribe los poemas se encarna en un nombre, Leo, que es también, el mismo, un lugar de entrecruzamiento entre lo humano y aquello que, sin serlo, lo acecha desde la animalidad. Leo es, tal vez, Leonardo –¿Da Vinci?, con sus ángeles andróginos, sus niños de carne barrosa–; es, quizá, Leopoldo (¿Lugones, el poeta nacional, escindido entre el amor respetable, el amor conyugal de El libro fiel, y las apasionadas carta a la amante adolescente? ¿Marechal, dicho literalmente por el amor en el Cuaderno de tapas azules?); es, tal vez, en un registro más rebuscado, un nombre de novela pastoril, un Leocadio, atontado por Cupido y por la cantinela de geórgicos cencerros. Y es también, como recordó Carlos Battilana en la presentación del poemario, un nombre que puede leerse como un verbo; el verbo que señala lo que probablemente sea, incluso más que la escritura, la acción que instaura la literatura: el acto de leer, que Leo puede ostentar como un valor diferencial frente a aquel al que ama.

“Escribir poemas de amor y amar / no son cosas distintas. / Es como preparar un punete / para cruzarlo, en cuerpo y alma / a cualquier hora del día o de la noche…”. Escribir es, pues, un acto amoroso. Ello instala al poemario de Bossi en una línea muy definida de la escritura erótica occidental, con algunos grandes nombres, de Catulo a Gide o a Penna. Como este último, en cuyos versos la tradición decadentista es inescindible del deseo de los púberes de los suburbios de Roma, los ragazzi de los años 50 destruidos por el tiempo y por el desarrollo económico, en la poesía de Bossi se entremezclan Catulo y los restos, un poco berretas y entrañables, del Buenos Aires suburbano de los 90: la provincia con sus bares, su neón, sus trenes que llegan morosamente al centro, sus pooles, sus tubos fluorescentes que van dando forma a un marco deliberadamente humilde con el que la historia de amor en última instancia termina siendo un todo inextricable.

Bossi procesa esa tradición y, a su manera, la reformula desde una posición atenta a los despiadados flujos del tiempo: “Mientras tanto, debo apresar en mi red / como si fuera un pescador experto / el instante fugitivo”. De lo que habla es del eros en relación, fundamentalmente, con el acto de escribir, en un desarreglo de los sentidos que conduce no a la ruptura de toda creación sino, por el contrario, a la poesía y al relato. Del amor queda, es verdad, una ausencia, la huella de unos cuerpos en un colchón mugriento abandonado debajo de un puente. Y queda, como algo irreductible, la escritura de los versos pero, también, la escritura de aquel que se ama. Es el objeto amado el que, ahora, escribe.

“Ya sé que somos aire, sueño, fantasmas / y que ningún ritual, por estúpido / o maravilloso que sea, podrá cambiar esto. / No importa, sólo quiero abrazarte por última vez / y luego atenerme a las consecuencias”. El amor en Bossi es una potencia, una fuerza efímera pero, en algún punto, valga la paradoja, permanente. Escribir es encontrarse con el otro, es confiar en ese encuentro: transitar con el otro un camino y, en última instancia, dar lugar a la escritura. Poetizar equivale a amar, escribir equivale a ser escrito.

Como el de Bossi, Materia (Bahía Blanca, Vox, 2010) –el último libro de Carlos Battilana– puede ser leído como la escritura fragmentada de un relato, como si los versos fueran los restos, lo único que resta, de una narración. Es cierto: ningún relato –en rigor, ningún texto–, puede decirlo todo, y desde esa verdad de fondo Battillana va construyendo, a lo largo de sus diferentes poemarios, una poética de la alusión y, en última instancia, de la precisión de la palabra. La poesía es, más que una búsqueda, la exploración minuciosa de un espacio: una actividad milimétrica, casi gratuita, como la imagen del padre filatélico con la que se inicia el poemario: “los sábados / por la mañana / de 1970 / setenta y uno / acumula / 4 álbumes / y ordena / las nuevas y viejas estampillas (…) // las mueve / de lugar / las desplaza / minuciosamente / usando / una pequeña pinza / de depilar…”.

Si en Bossi la poesía es la celebración de los cuerpos, de los cuerpos a menudo desnudos, a menudo palpitantes, los cuerpos jóvenes que habitan su poesía –Osvaldo, en este punto, no escribe desde la inocencia, ni desde una palabra originaria carente de tradición y de articulaciones con el universo que le provee cierta tradición literaria–; en Battilana la escritura poética sucede alrededor de una ausencia. Existe en torno a un vacío de sentido, a un lugar-que-no-logra-decirse. No es una poesía de la conjunción, de la comunión de la carne, sino una poesía de la alusión, en la que el lenguaje se presenta como un problema. La filiación de esta escritura es, pues, otra:, no la de Penna o Kavafis, sino la de la carencia de la palabra y del vacío, de Hofmannsthal en adelante, con una parada, entiendo, en el Montale de Huesos de jibia. Lo que no se dice, lo que se roza, es en el caso del libro de Battilana la muerte, en esta ocasión, la muerte del padre, que es la desaparición de un orden (“Ahora que / su muerte es fresca / y reciente, recreo el instante / en que mi padre / distribuye la carne, / las achuras, las ensaladas / en derredor”) y la anulación definitiva de la infancia, de la carencia de la palabra (in-fans) que ahora debe, urgentemente, decirse.

En algún punto, estos dos libros de Bossi y Battilana pueden ser leídos como un momento de madurez en el trayecto de dos poetas contemporáneos, nacidos en los 60 y que a partir de los 90 –los debatidos, exagerados 90– comienzan a labrar sus respectivas poéticas, en relación con sistemas de pertenencia y lugares de enunciación que en cierta ocasión se rozan, pero que a menudo se configuran como trayectorias diferentes y, aun contrapuestos. En fin, los dos libritos interpelan, desde lugares distintos, un mismo problema, que probablemente sea el problema constitutivo de la escritura de poesía después de la ruidosa fiesta de estas dos décadas de poesía: interpelan al recuerdo, la memoria y, en relación con ello, el lugar de la escritura.

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