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Latencia

El narrador, autor de Frío en Alaska y Trampa de luz (Eterna Cadencia, 2008 y 2011), comparte con nosotros un nuevo relato en donde los avatares de la modernidad trastocan la normalidad de un pueblo.

Puntual a mediodía la alarma de la central atómica suena atronadora. No es una nota que pasa de un tono a otro o que juega con el ataque y el silencio como hacen las sirenas de ambulancias o patrulleros pero tampoco se desgañita inalterable. Más parecida a la de los camiones de bomberos, es un bramido metálico que modula milimétricamente como si alguien en algún lugar girara lento una manivela. A pesar del sonido ominoso que retumba contra el cielo, los únicos que en el pueblo cercano se inquietan al escucharla son los infrecuentes visitantes ocasionales y personas de paso que adquieren gestos desencajados, dejan de hacer lo que estaban haciendo paralizados por un pánico que ni siquiera les permite preguntarse si pueden hacer algo para ponerse a salvo. Ese mediodía dos empleados de una empresa de correo privado están bajando de la camioneta una encomienda y los sorprende la sirena. Uno de ellos se queda helado; es fornido y voluntarioso, tiene menos de treinta y entró a trabajar hace dos semanas. El otro es un par de décadas mayor, lleva la camisa desabrochada hasta el pecho y se encarga de las planillas del recorrido y los remitos; hace años trajina las rutas de la región y ya perdió la cuenta de las veces que escuchó ulular a la sirena de la central nuclear a mediodía. Para mortificar al novato como suele hacerse entre compañeros de trabajo, recién cuando medio minuto después deja de sonar dice que no hay de qué preocuparse, solo es una prueba de rutina del sistema de seguridad. A veces hay simulacros de evacuación sorpresivos, una vez al año o incluso menos porque si no imaginate, él nunca lo vivió pero le contaron. En cambio la de recién era la alarma que confirma que todo está bien, que no hay de qué preocuparse. Ya bastante inquietantes son esas dos columnas de humo a lo lejos, dos columnas extraordinariamente blancas y espesas, lo más compacto que el humo al viento puede resistir. Su consistencia las delata como un producto artificial; y que sean tan blancas, mullidas, les da algo idílico, como si emanaran de una fábrica de nubes o de copos de algodón. Una fábrica de algo, una procesadora de alimentos, había preguntado el empleado nuevo al divisarlas al fondo cuando venían por la autopista. Se usan toneladas de agua para refrigerar los reactores; lo que largan las dos torres es tan tóxico como el vapor de una pava, dice mientras revisa en la planilla la dirección del próximo destino. Vistas de cerca las dos chimeneas de hormigón armado resultan de un diámetro y altura descomunal. Al costado hay un edificio de oficinas minúsculo en comparación y una playa de estacionamiento. Enrejado y custodiado como si fuera una cárcel o batallón del ejército el predio está bordeado por un río de caudal nada desdeñable que se arremolina en amplios recodos tal vez diseñados por los propios ingenieros para aumentar la cantidad de agua a disposición. En la orilla opuesta hay bosquecitos e incluso algunas vacas pastando. Para llegar al pueblo hay que cruzar el río por un puente; a partir de entonces las granjas son reemplazadas por casas de piedra y enseguida se desemboca en el centro. En los techos de casi todas las casas y edificios hay montadas antenas de televisión digital, hay autos importados último modelo dando vueltas o estacionados, gente que va y viene de compras por los comercios de las calles céntricas y hombres ociosos tomando aperitivos en los bares de la plaza principal. Es un panorama que desentona con los pueblos de la región que lleva visitados con la camioneta del correo en estas dos semanas. Pueblos y pequeñas ciudades de provincia de austeridad desangelada. Por albergar a la central este condado tiene ventajas impositivas; es una especie de zona franca, un oasis fiscal. Llamarlo paraíso sería demasiado, dice abrochándose un par de botones de la camisa después de haber tocado el timbre en el número 17 de la calle Hector Beriloz. Vienen a entregarle a una tal señora J. Salazar un paquete 20x15x32 que pesa un kilo y medio y tiene estampado el logo de una librería virtual. El domingo anterior había sido el día de la madre y al empleado nuevo le había dado desconsuelo darse cuenta de la cantidad de hijos que mandan a sus madres flores compradas por internet en cajas de cartón ingrávidas. A todo esto la sirena ya paró, el pueblo recuperó su ritmo y rumor habitual, y solo quien dirija la mirada en dirección al río advertirá esas dos columnas de humo blanco elevándose al cielo.

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