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Un día de sol

El autor de Tierra en el aire (Gog y Magog, 2010) y El campo (Ivan Rosado, 2014), entre otros libros, comparte con nosotros tres poemas inéditos.

El buzo rojo

 

 

Volví a cargar combustible

en la estación de servicios

donde paramos la última vez.

Mientras el playero ajustaba

la manguera del surtidor

en el tanque y la nafta

comenzaba a correr,

saqué una mandarina

de la bolsa que me diste

cuando nos despedimos

en la puerta de tu casa.

Y entonces vi, en el asiento

trasero, el buzo rojo.

Una adolescente

que no se te parecía en nada

y su hermano aún menor

bajaron de otro auto

y preguntaron dónde podían

comprar caramelos.

El playero les indicó la cantina,

justo frente a sus ojos.

Cómo habrás buscado

el buzo rojo entre el resto

de la ropa, y te habrás preguntado

si lo perdiste o se lo llevó

el duende que aparece

cuando menos lo pensamos.

Bueno, tenías calor,

querías andar con la remera

de mangas largas y después,

en la planta del patio,

como quien va al supermercado,

elegiste aquellas mandarinas,

las más dulces y ricas

que probé en este invierno

tan largo. La adolescente

y su hermano pasaron de vuelta.

No habían comprado nada,

parecían perdidos o de pronto

abandonados en el parador.

Doblé el buzo y lo puse

en mi bolso, yo tampoco

soy un guardián del orden

y la distracción es el estilo

de atención que cultivo.

Ya no podía volver,

porque como te digo

estaba en el lugar del viaje

anterior, bastante lejos

de lo que fue nuestra casa.

Tiré las cáscaras de mandarina

en un cesto de residuos,

le pagué al playero

y me alejé todavía más

por la ruta.

 

 

 

 

 

Un día de sol

 

 

En el patio,

un domingo a la mañana,

se puso a descabezar

las crías de la gata.

Eran muchas, y las apiñaba

en un trozo de arpillera

manchado de sangre

todavía caliente.

Alcanzaba con un golpe

contra el borde del tacho

de basura. Era tan temprano

que parecía una pesadilla,

algo imposible en la mañana

luminosa del domingo,

la misma pesadilla

que me despierta

tanto tiempo después.

Como si un médico

terminara con su paciente,

resultaba que ahora

su decisión era sacrificar

al perro que más queríamos

y la llevaría adelante

quizá como la otra vez,

con el cuidado de no ensuciar

el pantalón de fajina, la camisa

y el anillo de casamiento.

Una condena inapelable,

ante la que era inútil protestar,

porque se había cumplido

en un patíbulo con flores

y plantas bien regadas,

una limpia mañana de sol.

 

 

 

 

 

La casa de la iguana

 

 

Encontramos los muebles

fuera de lugar, una gruesa capa

de suciedad en el patio chico

y el corredor, y las cortinas

en hilachas. Una casa en ruinas,

pero no un desastre, todavía.

También había una mesa

en la cocina, sillas, camas,

provisiones en la despensa,

un techo seguro, un almanaque

del año en curso y en la boca

donde desagota el agua de lluvia,

una iguana. Pareció salir justo

cuando llegamos, a recibirnos,

o de curiosa, pero retrocedió

asustada y su gran cola verde

onduló en el piso de baldosas.

Los libros estaban ordenados

en la biblioteca, con las fotos

de los parientes muertos,

y el escritorio, una pieza de museo

con una máquina de escribir

en perfecto estado, los cajones

revueltos, billetes antiguos,

papeles por el piso, documentos

de algo familiar y ajeno.

El tocadiscos fue lo primero

en quedar sin arreglo,

y la humedad y la falta de uso

averiaron sin remedio

el resto de los artefactos.

No cayó una bomba,

solo unos murieron, otros

se pelearon, las visitas

se hicieron espaciadas.

El deterioro es un reflejo

de relaciones humanas.

Pero tampoco un desastre,

todavía, si el sauce

sigue tan esbelto afuera

y hay capullos de rosas,

flores en la coronita de novia

y una iguana que cuida

la casa.

 

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